Una estatua de Cisneros preside, en la plaza ajardinada de San Diego, la entrada a la Universidad que él fundara. Estamos en uno de los espacios más bellos de Alcalá, el más emblemático sin duda.

Monumento a Cisneros. Foto A. García-guiarte. Copyright
La fachada, una de las más hermosas del plateresco español -se considera prototipo del estilo renacentista llamado cisneros-, finalizada en 1553, es obra de Rodrigo Gil de Hontañón, siguiendo el esquema de la fachada-retablo, con tres plantas -lo humano, el saber, lo divino-: toda una declaración de intenciones y con una función narrativa cuya explicación merece la pena.
Ya dentro, los patios, caracterizados por la austeridad y la sencillez, permiten la ensoñación para dialogar con los estudiantes Ignacio de Loyola, José de Calasanz, Tomás de Villanueva, Lope de Vega, Quevedo, Tirso de Molina, Calderón, Antonio Pérez, Jovellanos..., o con los profesores Nebrija o Juan de la Cruz.

Fachada de la famosa Universidad de Alcalá. Foto A. García-guiarte. Copyright
Por aquí paseó El pícaro Guzmán de Alfarache, al que Mateo Alemán le hace decir:
Yo era conocidísimo. Había más de siete años que residía en Alcalá, siempre muy bien tratado, tenido por uno de los mejores estudiantes della y acreditado de recio. Las mozuelas eran triscadoras y graciosas. Por aquí pasó hambre, sufrió y gastó bromas El Buscón don Pablos de Quevedo. Aquí se fraguó el monumento de la cultura renacentista que fue la
Biblia Políglota, en latín, griego, hebreo y caldeo. Aquí publicó Antonio de Nebrija la primera gramática del castellano hasta ahora conocida.
Son tantas y tan notables las referencias lingüísticas y literarias de Alcalá -no olvide tampoco el Libro de Buen amor del Arcipreste de Hita, ni la finura como escritor del político Manuel Azaña, natural de la ciudad- que se hace imposible recurrir a todas.
Saltando a la actualidad, desde el llamado Patio Trilingüe se accede al Paraninfo, donde uno siente una indescriptible sensación de belleza y la fuerza del colorido. Aquí, cada 23 de abril tiene lugar la entrega del Premio Cervantes, máximo galardón de las letras hispánicas, cuyos ganadores se recuerdan artísticamente a la entrada.
Desde estos espacios, en fin, se puede acceder a la magnífica Capilla de San Ildefonso, con preciosas yeserías renacentistas, platerescas y góticas, y el delicado sepulcro renacentista del cardenal Cisneros, que esculpió en mármol de Carrara Domenico Fancelli, autor, según algunos, del doncel de Sigüenza.
Bastaría esta visita para justificar la presencia del viajero en Alcalá. En esta ciudad, abierta a otras muchas posibilidades, es inevitable, sin embargo, la referencia a la vivencia, que no la nostalgia, del pasado, capaz de enriquecer su presente. Ya es mérito.
Muy cerca, la Plaza de Cervantes -antigua Plaza del Mercado-, de amplia belleza rectangular y ambiente vivo y cálido, convertida en el corazón de la ciudad. Abrazada por torres y edificios notables -la cigüeña es también aquí referencia inevitable-, entre ellos un antiguo Corral de Comedias y el Ayuntamiento -custodia la Biblia Políglota y el acta de bautismo de Cervantes-, el tiempo parece detenerse. Con templete y farolas de época, un notable monumento al autor de El Quijote, pasajes de cuya obra se referencian en los laterales de la columna sobre la que se asienta la estatua del escritor alcalaíno.
Es bueno pasear la plaza bajo el túnel sombrío de sus plátanos de Indias, para salir frente a los restos de Santa María la Mayor, destruida en 1936, de la que se mantiene en pie la Capilla del Oidor -aquí fue bautizado Miguel de Cervantes- y la torre, recientemente restaurada.
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