Los orígenes de la ciudad se fechan alrededor del siglo XIII, si bien algunos años antes ya había un pequeño pueblo de pescadores a orillas del río Amstel, que sirvió de punto de partida para un continuo crecimiento alrededor de esta población hasta convertirse en una ciudad pesquera, por el año 1275.
El interés por convertir esta zona en un lugar habitable llevó a las gentes de la zona a luchar contra las adversidades que presentaban las tierras pantanosas, construyendo presas y diques para controlar y protegerse de las mareas e inundaciones. De ahí surgió su nombre, que inicialmente era Amstelllodamme, por representar un dique o dam, sobre el río Amstel.
Entonces ya se levantó una iglesia de madera, la hermosa Oude Kerk en honor a San Nicolás, patrón de la ciudad que estaba situada en plena desembocadura del Amstel, el cual la divide en dos y propició que se creara la original estructura de canales que ha dado fama mundial a la actual capital holandesa.
Apoyada en su estratégica ubicación, dentro de la ruta comercial entre el sur de Europa y los países bálticos y del mar del Norte, la pequeña ciudad creció rápidamente en tamaño e importancia, sobre la base de su actividad comercial y pesquera. A finales del siglo XV, Maximiliano aceptó integrar a Ámsterdam en su imperio, hecho que se simboliza en la aparición de la corona imperial en el escudo de la ciudad, donde aparecen además las tres cruces de San Andrés.
A principios del siglo XVI Holanda comienza a formar parte del Impero católico de Carlos I de España, lo que conllevó un conflicto que duró 80 años en la denominada Guerra de Flandes, que desembocó en la independencia de Holanda.
Fue durante el siglo XVII cuando vivió su etapa de mayor esplendor y riqueza, por la elevada importancia comercial, financiera y cultural que reunió durante esta época, denominada el Siglo de Oro de Ámsterdam. Así se convirtió en una de las ciudades más ricas y prosperas del mundo.
En este periodo se localizó aquí la sede la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, se colonizaron tierras del sur de África, isla Mauricio, Ceilán e Indonesia, y otras zonas de América. A Ámsterdam llegaban artículos y mercancías de todos los rincones del mundo, y aquí se transformaban, procesaban y se exportaban hacia muchos otros países. De esta forma prosperaron muchísimo los comerciantes holandeses. Aumentó considerablemente la construcción de barcos y la Bolsa de Ámsterdam se convirtió en el centro financiero de Europa.
Además se crearon tres importantes nuevos canales concéntricos en torno al Singel, los de Herengracht, Prinsengracht y Keizarsgracht, con otro último canal a modo de fortificación. También se levantaron lujosas y bellas mansiones a los pies de los mismos.
Esta prosperidad fue decayendo, si bien permitió que durara aún bastantes años más. La decadencia se produjo finalmente cuando acababa el siglo XVIII, después de las confrontaciones bélicas con ingleses, prusianos y finalmente con los franceses. Napoleón proclamó a su hermano Luis rey de Holanda, y este convirtió el Ayuntamiento en el actual Palacio Real.
Tras años de empobrecimiento, vuelven los años de esplendor a la historia de Ámsterdam de la mano de la Revolución Industrial, y se construyen nuevos canales, importantes museos, parques, teatros y edificios como la Estación Central. La ciudad siguió embelleciéndose con edificios de ladrillo y piedra, y luego llegaría un largo periodo de pobreza por la depresión económica, y la posterior ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial, lo que provocó muchísimas muertes y deportaciones de judíos.
Al liberarse Ámsterdam, ésta retomo el pulso económico y social hasta nuestros días con la actividad de su puerto marítimo, su importante aeropuerto, y su elevada actividad turística, porque es un gran reclamo para los viajeros, por su oferta cultural, su carácter cosmopolita y abierto, y su belleza, que hacen de esta ciudad un lugar agradable de visitar, una metrópoli símbolo de tolerancia y libertad.
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