
Destruido en parte el edificio inicial, por un incendio, Felipe V volvió a mejorarlo, dotándose de una monumental escalinata y una estructura y decoración más afrancesada.
Nuevas reformas del XVIII contribuyeron a darle su aspecto actual, con las dos alas y el patio de armas, que dan un porte magnífico al edificio.
En el interior hay una excelente obra, con pinturas de Lucas Jordán, Ribera, Bayeu y Maella; así como un mobiliario de notable belleza y variedad.
Entre las dependencias recomendables, la capilla, con un altar de ágata, y pinturas de Maella y Bayeu; el salón de Porcelana, con obra de maestros de Capodimonte; el salón del Trono, con su mobiliario rococó y los tapices de Bruselas.
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