Entonces, los reyes de España organizaban su vida sobre cuatro palacios. El verano lo pasaban en el de La Granja(Segovia), en un ambiente serrano y fresco; volvían en otoño hacia El Escorial, en la solana sur de la misma sierra y a unos cincuenta kilómetros de Madrid. El invierno lo pasaban en el gran alcázar-palacio de Madrid, y en primavera, pasada la Semana Santa, la familia real se iba a Aranjuez.

Los reyes estimaban el lugar de Aranjuez por su fertilidad y su clima, propicio para una floración temprana. Y en los campos floridos de la vega del Tajo dedicaba su tiempo al gobierno y al ocio; a pasear por los inmensos jardines, a presenciar corridas de toros, a escuchar música… y a cualquier otro divertimento humano.
Para servicio de los monarcas, existía la llamada “Flota del Tajo”, conjunto de embarcaciones de un lujoso barroquismo, que servía para los paseos fluviales, amenizados por músicos o cantantes de ópera. No faltaba en aquel decorado ni un pequeño fortín provisto de cañones, encargados de dar las salvas de honor ante el paso de los reales señores.
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