En esta tierra, tan inclinada al pernicioso vicio del lacrimeo por lo venial y al navajeo por lo mortal, satisface contemplar un lugar, un oasis, donde se practica el noble instrumento de la razón y la colaboración que, al fin y a la postre, son no sólo los mejores artilugios sino los únicos de los que cabe esperar civilización. Una vez más, Astorga tuvo, tiene que ser.
Bien decimos, los que decimos, que todos los caminos conducen a Astorga, Roma diminuta y cercana, barco geomántico al que arrastran desde la noche de los relojes las fuerzas telúricas del noroeste peninsular. Y entre tantos caminos que nos traen, el de venir a llenar el bandujo no es el menos trascendente. Al contrario, con la venia de la curia y de nuestro patrón Santiago, y en clara muestra de la insolencia de la que ni los años nos logran apear, afirmamos que es el más trascendental.
Afortunadamente, desde hace no más de tres lustros, la ciudad se ha reencontrado consigo misma, ha armonizado la historia con las raudas necesidades actuales viviendo en superficie de los tesoros subterráneos y de las presencias intemporales. Magnífica apuesta para atajar el desangre emigratorio y, sobre todo, para no caer en las grises redes de la depresión y el achique.
El manejo que se está haciendo de la imagen y legendario nombre de Astorga (nombre que en su estructura fónica enlaza con las más viejas palabras de la humanidad y por ello subliminal y excelente reclamo internacional) es, desde el tiempo que decimos, notable, muy notable. A veces, quienes somos conocedores de las limitaciones demográficas y presupuestarias de la ciudad, quedamos gratamente sorprendidos por la agigantada visión que los visitantes tienen de nuestro solar. Qué duda cabe que esta magnitud propia de leyenda no se ha construido únicamente con políticas de adecentamiento, decoro y divulgación acertadas. No. La grandeza de Astorga es un cruce de azares y voluntades. Cruces de los grandes caminos milenarios y voluntades de arrieros, comerciantes, fabricantes de chocolates, textiles o mantecadas y, lo que estimamos más decisivo aunque sea difícilmente cuantificable, la sublimación de la ciudad y de las gentes por los artistas. Los artistas, esa gente de mal vivir, pero de gran soñar, han elevado a Astorga a los territorios universales. Imagínense esta tierra sin la Esfinge Maragata, la literatura vertida en torno a los mitos maragatos, la incidencia nacional de la Escuela de Astorga, los versos de los Panero. Y ahora añadan, es decir, quiten el disparate (así lo motejaban nuestros abuelos) gaudiniano. Y paren para no dejar el lugar hecho unos zorros y convertido en un inapetente pueblón comarcal. Los lugares sin leyenda son como las señoras sin misterio.
Ahora bien, si la historia y la inteligencia ha sido tan pródiga con Astorga, llegada es la hora que la ciudad deje de sobarse el ombligo, salga de sus murallas y comience a mimar a aquellas comarcas que la circundan e incluso aquellas otras que, no estando tan a mano, sí que están afectivamente próximas, bien sea por lazos obispales, de partido jurídico o por relaciones comerciales.
En estos tiempos que van, presuntamente, para federalistas, con una capital de la pertinaz autonomía engülliendo y acaparando cualquier atisbo de inversión, con una capital provincial ensimismada en sus propias incapacidades para mantener el estatus de prestigio y la acaparación de sectores productivos y con una Diputación Provincial cuya obligación –no nos hartaremos de repetirlo millones de veces- es servir a los municipios menores de 20.000 habitantes, pero que, ¡oh, paradojas de la democracia demagógica! Está dirigida y colapsada por adiles –mejor que ediles- de los tres únicos ayuntamientos que sobrepasan esta cifra; en estos tiempos desenfrenados y donde ni la descentralización territorial ha logrado erradicar la vieja costumbre de que el pez grande se coma al chico, a Astorga le corresponde capitanear una intensa y recíproca relación de apoyo, trabajo y, lógicamente, beneficios con las comarcas rurales y campesinas absolutamente abandonadas, cuando no agredidas, por la autoridad competente.
No quisiera cerrar estos párrafos sin hacer mención al mierdedero que muchos ilusos y unos pocos ilusionistas llaman Ctr. Esa cosa, en caso de que se llegase a instalar sobre el interfluvio de la Vega del Tuerto y la Ribera del Órbigo, poniendo en jaque a la zona de mayor densidad demográfica rural de la provincia, es la clara muestra de la higiene hipócrita de las tres grandes aglomeraciones leonesas. Comen en San Marcos y vienen a echar su grumus merdae –lo digo en culto para que nadie se levante de la mesa- a la provincia. Sólo individuos con el neocórtex a nivel del paleolítico inferior pueden idear semejante salvajada. Por la influencia que va a tener (siempre nociva) sobre el atractivo y la gastronomía de la zona y para que no decaiga la lucha contra este atentado ecológico, agrícola y demográfico lo traigo a colación.
Y ahora, como estamos con el asunto alimentario, se me ocurre que siendo Astorga una bien fundada sociedad de comerciantes, arrieros y fenicios de todo tipo y condición, bueno sería poner sobre el mantel ideas que ampliasen la oferta para que el turista y quien nos visite se detenga varias jornadas a disfrutar de lo nuestro porque de un tirón no haya podido con todo.
Todo monocultivo se destapa, más temprano que tarde, como insuficiente, pernicioso y con poca cintura para adaptarse a los cambios que exigen los oscilantes gustos de la época. El monocultivo del Cocido Maragato, pese a estar en el parnaso culinario español, no por ser nuestro va a ser un caso aparte. Por ello y con el ánimo de que se continúe el proceso de apoyo de esta Asociación y que se homogeneicen precios y calidades (que no las señas particulares de cada quien), no estaría demás lanzar nuevos banderines de enganche gastronómicos, platos viejos y productos insuperables que hoy duermen en el limbo agrícola y en la ignorancia urbana.
Entenderán ustedes que nadie en su sano juicio, salvo que tienda a la poesía épica, se pasa tres días consecutivos embutiéndose cocidos maragatos. Es cierto que el comensal que arriba (como dicen los porteños de secano) a nuestras casas de comidas, luego descubre que no sólo del cocido se vive en este país. Ahí está una magnífica cocina de pescado de larga duración como el bacalao y el congrio al ajo arriero que están insuficientemente ensalzados y promocionados. No digamos nada del pulpo, ese molusco octópodo, a quien aquí se le trata a base de bien y no sólo a palos como vienen señalando la asociación de animales en defensa propia o algo así.
Más literatura -que hay tela donde cortar- y más promoción hacia estas delicias astorganas para que el viajero salga de su casa con la idea –incluso vendida por anticipado- que puede pasarse una semana en estos lares encontrándose con una gastronomía augustana, digna de emperadores.
Para ello bueno sería una puesta al día de las carnes de tierno cordero maragato o de las planicies de Antoñán del Valle. En todos nuestros pueblos “el rebaño” es un fenómeno social y económico ineludible para conformar su esencia; sin embargo su presencia gastronómica se reduce a unas chuletillas de cordero que lo mismo pueden paladearse en Algeciras que en Palafrugell. Y no es eso. Aquí falta horno y caldereta y ganas de no dejarse arrebatar ninguna bandera ni por la Montaña ni por Valladolid ni por el susum corda.
Pateando la Pampa y la Patagonia argentinas (y valga la redundancia) se topa uno con personajes campestres que montados en caballos de medio pelo y con un par de bolas tumban becerros con una facilidad digna de encomio. Son los gauchos, personajes que, bien mirados, uno conoce desde antiguo. Si los folkloristas no mienten o me desmienten, estos gauchos, son nuestros bragados paisanos del siglo xix en estado puro. Pues bien, estos hoy esquilmados y enculados hermanos sudamericanos, a base de praderas, vacas y caballos, han logrado el marchamo de tener la mejor carne bovina del mundo (a decir verdad, la que transita por la bonaerense calle Corrientes tampoco desmerece). Y hacen bien en decirlo y repetirlo hasta que millones de carnívoros se lo crean. Y aquí viene la reflexión: ¿ es que son peores nuestras excelsas carnes del Teleno –por cierto, bravo por ese proyecto cooperativo de calidad- o nuestras finas canales riberanas? En absoluto. Pero es preciso que estas bondades naturales sean conocidas y destacadas, bien sea por el origen de su crianza o por la presentación de las viandas. Se hace urgente trabajar nuevas atractivas exposiciones, nuevas teatralidades, si ustedes no quieren andar por las ramas, y meterles brasas a los asados, hornos de cara al público... Aquí hay mucho filón que imaginar.
¿ Y qué me dicen de nuestras humilladas hortalizas? El mercado de Astorga, siempre en martes (en honor de Marti-Tileno), ha sido abastecido, desde que se tenga noticia del mismo, por las humildes verduras del Órbigo, del Tuerto, de la comarca de Vidriales o por las ajardinadas huertas astorganas, como la de la señora Celerina, que sigue dando gusto verla, a la huerta y a la señora Celerina; San Francisco de Asís, patrono ecológico le conserve no menos de diez lustros más.
¿ Han de venir de fuera para que ascendamos al trono gastronómico el puerro y la berza de Villares, las uvas de Santibáñez de Valdeiglesias, la cebolla dulce de san Román de la Vega, las patatas cantudas de Estébanez, los morrones de Vidriales? ¡Qué tierras éstas para el pimiento! Den las vueltas que quieran, pero como en estos suelos arcillosos no se crían solanáceas tan enjundiosas en parte alguna. Oiga ¿tendremos que esperar el veredicto de foráneos para experimentar, por ejemplo, con los brotes de lúpulo en tortilla como ya hiciera el fenecido y aclamado Cándido, el de los gorrinos menores de edad, que en paz estén todos?
Al socaire de estas disquisiciones, permítanme poner en la balanza a Cataluña -esa nación con la que gracias al obispo Grau andamos hermanados- y a nuestras actitudes neopaletas. Mientras aquí, lo sé de primera mano, es imposible colocar en el mercado el retoño primaveral de la cebolla, en leonés: porreto -a los de Villares de hipocorístico se le llama, incluso a voces, que ya son ganas de levantar la liebre, porreteros- allí, en Cataluña, se realizan unas multitudinarias y callejeras bacanales jalando calçot a espuertas. Calçot es como le dicen los aborígenes de aquel país al porreto porque le sale de los huertos y porque tienen derecho como el más pintado a destripar el latín como mejor les venga. Calçots a la plancha y a la vinagreta es la gran bienvenida que la cocina mediterránea da a las nuevas verduras de cada anualidad. Aquí, debido a razones que se me escapan pero que pudieran hundirse en una afectada pérdida de personalidad y en un desprecio a la madre que nos parió (a estas horas tan tempranas no recuerdo cómo diría Freud todo esto), al porreto le hemos condenado al ostracismo, que, como nadie ignora, es una comida griega la mar de afrodisiaca.
Es menester, y más según bajan los dietéticos vientos televisivos y el lodazal del papel cuché, poner nuestras hortalizas de temporada en remojo, al día y darle un formato de cosa chévere, una literatura entre lírica y gástrica que eleve hasta el cielo de los paladares lo que en justicia está ahí: un sabor y unas cualidades insuperables que aguantan el guante de cualquier verdura contrincante por la textura del terreno, la altitud, la temperatura y el mimo de los escasos hortelanos que resisten.
Algo que no he logrado entender, por más neuronas que gasto, es el poco caso gastronómico y de promoción comercial que se hace de los santos tubérculos del país, principalmente de esa santa variedad que los parroquianos decimos “repuntia”, mientras que los televidentes más instruidos vocalizan como red pontiac.
¿No les ha llamado nunca la atención que la reina de la fécula y el almidón, al igual que nuestras ubérrimas alubias de riñón, de manteca o pintas, vengan consumiéndose prácticamente en su totalidad en Cataluña? ¿Por qué será que el mercado más exigente, el más exquisito y, lógicamente, el de mayor poder adquisitivo se pirre por nuestros frutos, eligiéndolos entre todos los de Europa? Siendo esto como es, solicito majestad gastronómica para esa patata, toda ojazos y coloradota como adolescente sorprendida en el íntimo acto de ajustar la braguita indócil. Es más, como hoy me pillan tirando la casa por la ventana, ofrezco gratis la idea de que en este año gaudiniano –en las conmemoraciones, como en la gastronomía, todo son cadáveres- acompañen los platos de sus menús con unas patatas fritas repuntia de la vega del Tuerto moldeadas con detalles del Palacio ideado por el genio de Reus. Estas figuras en tan apetitoso soporte, a buen seguro, serán piezas únicas que causarán asombro, atraerán curiosos y serán religiosamente consumidas, no sin antes musitar amén.
De igual manera, por unos pírricos emolumentos, estaría en disposición de encabezar, para mis hedonistas paisanos astorganos, la organización de una semana, ahíta de acontecimientos conmocionantes que por su carácter de transgresión, cachondeo y otros meneos aseguraría la presencia de miles de visitantes siempre ávidos de lo mismo, que aquí hallarían de manera culta, elegante y cabal. Señoras, señoritas, señores y capones ¿cómo se les quedaría la bilirrubina si, en medio del tórrido agosto astúrico y, por supuesto, con la anuencia del prelado asturicense, aunque con el apoyo de todos los tentados por la erótica diocesana, celebrásemos la Primera Semana Agroerótica del Noroeste Ibérico? Adelántese mis cuates, que ya verán, cómo alguien va a terminar por tomárselo en serio. Luego no me vengan...
Y ya, en vista de que sólo quedo yo despierto, vamos a cerrar este, espero, sugerente paseo, no sin antes reclamar dos asuntos. El primero que me parece de una infamia de muchos quilates por lo que afecta a la cultura, a la igualdad de oportunidades, al turismo y a la gastronomía, cómo no: ¿qué le ha hecho esta ciudad a Cajaespaña, difunta Cajaleón, para tenernos a pan y a agua con cloro? ¿a que se debe que no pase por aquí ni una conferencia, ni un ciclo de cine ni se abra un centro de usos múltiples para exposiciones o performances o lo que caiga? ¿Si alguien lo sabe que me cuente a qué viene esta vejación? Y en caso de ser gratuita o intencionada, la vecindad astorgana debe darse cuenta de ello a la hora de mover sus cuentas.
Y dos, que habiendo sido Astúrica la primera ciudad del Occidente donde se procesó el cacao maravillao y donde incluso se superó la veintena de fábricas chocolateras, uno, principalmente a las primeras horas del día –cada quien sabrá cuales son las suyas- echa de menos un desayuno augustano basado en este semisólido líquido que medicina el alma y colabora grandemente en las turgencias de las carnes. Porque llegar a Astorga, cuna del chocolate, las mantecadas, los hojaldres o los merles y ofrecer a los visitantes, que a lo que vienen es a que alguien les sorprenda y les brinde nuevas cosas, un café molido hace dos años, con leche –o presunta- Río de Lugo, acompañado de unos sobaos Martínez - que encima no son míos sino de una multinacional de los Estados Unidos que están por encima de los Estados Unidos de México- pues, hombre –dicho sea epicéneamente- para este viaje no se necesita alforja alguna donde guardar memoria que contar a la vuelta, ni recuerdo que les empuje a volver. Si tenemos este chocolate a la taza celestial y esta repostería abundante y angelical ¿qué necesitamos para ofrecer un almuerzo –entiéndalo como siempre se entendió en León- divino?
No es preciso que despierten para aplaudir.
José Antonio Martínez Reñones
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