
Admiro ese gigante redondel naranja que parece diluirse en la línea del horizonte y me olvido de todas las leyes físicas cuyos enunciados explican los fenómenos de la naturaleza, se impone la fantasía y presencio la magia de un misterio. En ese estado, que tiene que ver más con la intuición del arte que con racionalidad de la ciencia, es fácil preguntarse lo que esa misma imagen, inalterable después de miles de años, provocaría en los sentidos y la imaginación de los primeros habitantes de ese mismo lugar.
Ese nexo de unión que imagino: la coincidencia de la emoción de poder sentir y ver la belleza que nos ofrece la naturaleza y el mundo simbólico construido alrededor, es una invisible y fina cadena de orfebrería cultural que va añadiendo eslabones minúsculos a medida que vamos reconstruyendo la historia de nuestras sucesivas culturas.
La necesidad de comprender y hacer comprender el patrimonio cultural que nos ha sido legado puede justificar el acto de catalogar, demarcar y etiquetar etapas harto difíciles de delimitar en periodos de tiempo concretos y características únicas.
La sensación que uno tiene en presencia de los restos de otras culturas pretéritas es que la línea divisoria no existe, parece, o uno se hace la ilusión de creer que el sustrato simbólico que motivaba determinadas expresiones artísticas y arquitectónicas se mantiene en el presente y sólo podemos hablar de un proceso de complejización y de ampliación del referente simbólico.
Lola Salinas
Cuentaviajes de Barbanza: Piedras y silencio |
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