20/12/1994 - Sigüenza
Antes de ponerme en marcha, analizo sobre un mapa de carreteras que recorrido haremos, que dirección tomaremos. Tras unos instantes de duda decido que no hay lugar más adecuado para pensar, disfrutar y relajarnos que la ciudad en el cielo, la muy hermosa Medinaceli, lugar donde Almanzor, célebre caudillo árabe español, fue a morir días después de la batalla de Catalañazor.
Un paseo por sus calles hará que nos sintamos mejor. El aire que allí se respira es tan puro y el olor a frescura de su entorno es tan intenso que te hace sentir una dulce y agradable sensación que poco a poco va calando hasta lo más hondo del alma.
¡Dicho y hecho! Tomaremos ese camino, esa dirección, sin más dilación, aunque con toda la tranquilidad del mundo, que no hay más horario que cumplir que aquel que dictan el corazón y la razón.
El tráfico es enorme a estas horas de la mañana. Observo mientras conduzco a los demás conductores y les noto tensos, nerviosos, desquiciados. No parecen haberse acostumbrado a los cotidianos atascos de las grandes urbes. Deberían relajarse y aprovechar el tiempo para meditar un poco o escuchar algo agradable o qué sé yo, pero ante todo aprender a ser más pacientes que el mismísimo santo Job.
Hablando de santos, éste se me ha ido al cielo y, entre pitos y flautas, y sin darme apenas cuenta, hemos salido de la ciudad, dejando atrás atascos, ruidos, nervios y malos olores. Emprendemos el camino en dirección a Medinaceli y, a medio camino, nos encontramos con el pueblo de Torija, que por cierto no conocemos ninguno de los dos.
En este bello pueblo cuentan con un castillo del siglo XV, una posada del XVIII, una ermita, llamada de la Soledad, y unos hermosos soportales y capiteles alcarreños en la plaza de la iglesia. Un pueblo con tipismo histórico y preciosas vistas sobre el valle, al norte de Guadalajara. ¡No está mal!
Una vez acabada nuestra visita a estos bellos lugares, y antes de seguir el viaje, entramos en un bar situado en la plaza. Ella pide un café sólo con un cubito de hielo y yo una infusión de manzanilla. Este bar está regentado por una amable pareja de mediana edad, más preocupada por lo que les pueda caer en el sorteo navideño de la Lotería Nacional que en atender su negocio a estas horas de la mañana. Al despedirnos, compartimos deseos de fortuna y salud.
Empieza a lloviznar. Vaya suerte la nuestra. En fin, habrá que tener paciencia y pensar en algo positivo y reconfortante.
A la altura del pueblo de Esteras, la espesa niebla y el intenso frío nos obligan a desistir de nuestra intención de continuar viaje hasta Medinaceli. Es una locura seguir un viaje a ninguna parte. La tentativa se torna absurda, ya que no existe posibilidad de goce en tan sombrío paraje, sin visibilidad alguna sobre el valle. Ni sobre el valle ni a dos palmos más allá de nuestras narices. Sería un auténtico suicidio continuar sin razón.
Se hace imprescindible tomar una decisión urgente que no nos enturbie demasiado los planes inicialmente establecidos. Recuerdo haber visto hace pocos kilómetros en alguna señal que el pueblo de Sigüenza queda cerca de donde estamos. Tampoco estaría mal visitarlo, si la climatología nos lo permite. Decidimos intentarlo y giro en el primer cambio de sentido con el que me topo.
¡Que sea lo que Dios quiera!
El recorrido desde la nacional hasta allí es bastante dificultoso. Nos encontramos en una tortuosa carretera en mal estado de conservación, con curvas y más curvas entre páramos alcarreños, que más asemeja un camino de cabras o una cañada real que una comarcal.
¡Qué barbaridad! Y sin un alma por estos parajes. Claro que, con esta visibilidad que nos rodea, debemos ser los únicos locos a los que se les ocurre pasear por España en una mañana tan desapacible y triste. Menos mal que el deseo de sentirnos bien y las ganas de viajar, disfrutar y conocer son mayores que cualquier adversidad posible.
Por fin conseguimos alcanzar el camino correcto. Giro a la derecha y unos metros más allá vislumbramos Sigüenza. Es esta una ciudad de tonos rosáceos que ha sabido conservar en el transcurrir del tiempo sus serpenteantes, estrechas y empinadas calles, sus típicos ventanales platerescos o barrocos, sus casas con balcones de hierro forjado y algún que otro blasón.
Se conserva también un magnífico castillo que fue alcazaba árabe, residencia episcopal y prisión de Blanca de Castilla. Actualmente es un coqueto parador de turismo.
Otro edificio singular es la catedral, robusta construcción iniciada en el siglo XII y en la que se guardan, en la capilla de Santa Catalina, los restos del Doncel Don Martín Vázquez de Arce.
Ambos monumentos emblemáticos tuvieron su época de esplendor en tiempos del Obispo Don Bernardo de Agén.
Mientras nos adentramos poco a poco por el pueblo, observo fijamente a sus gentes y sus rostros parecen tristes, apagados. Los gestos denotan cansancio o tal vez aburrimiento. No parecen demasiado felices.
En su mayoría son gente mayor, de edad avanzada, que deambula de aquí para allá sin levantar la vista más que lo necesario para saludar al vecino con quien se cruzan entre calle y calle.
Igual es sólo mi imaginación o el efecto de lo desapacible del día.
Más allá nos cruzamos con una pareja de turistas, bien protegidos del frío, que pasean cogidos de la mano, con espléndidas sonrisas y ojos brillantes, mientras disfrutan de la belleza del entorno, cámara en ristre.
Junto a la catedral, un grupo de viajeros de la tercera edad, mujeres en su mayoría, esperan a pié de autocar a que el guía los conduzca por las calles y plazas mientras explica la interesante historia del lugar.
Acabarán la visita comiendo en un restaurante concertado, a las afueras del pueblo, mientras aguantan estoicamente la charla-demostración de la “vapporetta” de moda, auténtico objeto de la programada excursión.
Llegando a la explanada existente ante el castillo, el viento se deja sentir y la fina lluvia que cae en estos momentos nos cala hasta los huesos. Aún así, la vista que se disfruta aquí arriba es impresionante. Ha merecido la pena darse el paseo.
Aprovechamos para hacer alguna foto del lugar y, acto seguido, nos introducimos en el parador, donde encontraremos cobijo de las inclemencias del tiempo y de paso podremos degustar algún producto típico de la zona.
Nada más acceder al vestíbulo, observamos cómo la muy estudiada y conseguida decoración del interior nos transporta a los tiempos en los que el Obispo habitaba dentro de estos muros. Debió vivir como un rajá. No nos importaría pasar aquí una larga estancia entre armaduras, tapices, libros viejos y un intenso olor a flores y frutos frescos.
Pasamos a tomarnos una buena cerveza “Mahou 5 estrellas” bien fría y una estupenda ración de migas en la cafetería del parador que nos saben a gloria bendita y nos sientan de maravilla.
Después de un buen rato -magnifico más que bueno- decidimos salir y andar un rato por las empinadas calles en dirección a la catedral. Son las dos de la tarde y la fina lluvia sigue cayendo sin parar. A pesar de todo es buena hora para dar otro paseo tranquilo, estirar los músculos y entretenernos en hacer más fotografías.
Tras unos instantes de callejeo, conseguimos llegar hasta la plaza del Ayuntamiento, llamada Plaza Mayor, a espaldas de la catedral. Allí, un campesino de unos setenta años mal cumplidos, deja pasar el tiempo sentado en un banco, bajo los soportales, mientras se entretiene en contemplar el desgastado mango de su viejo bastón de madera, sin importarle nada de lo que a dos palmos de él pudiera pasar. Hay personas que no están hechas para vivir ociosas.
Ha dejado de lloviznar y un penetrante olor a pan y bollos recién salidos del horno nos llega de no se sabe dónde. El olfato nos conduce hasta una céntrica tahona en la que los restos de harina se dispersan por los zócalos y las ventanas. Una alegre y hermosa jovencita, de unos veintiún años por su apariencia, amasa en el interior lo que más tarde serán barras de pan y hogazas.
Nos sentimos atraídos por todo lo que allí hay expuesto. Decidimos comprar unos dulces típicos de la zona y un panecillo recién hecho que paladeamos entre los dos en un abrir y cerrar de ojos.
Cruzamos hasta la catedral y, al entrar, la encontramos totalmente vacía y oscurecida. Al fondo, un acólito se ocupa de poner velas nuevas en los candelabros, junto al altar mayor. Al sentir nuestra presencia se acerca despacio y nos explica amablemente que la catedral está cerrada en estos momentos y que si no nos importa esperar podremos realizar nuestra visita a partir de las cinco de la tarde. Nos excusamos y salimos en otra dirección donde pasar un rato y, si pudiera ser, comer tranquilos.
Las tres menos cuarto de la tarde. Mala hora para cualquier cosa cuando uno anda en tierra extraña. Una tremenda soledad se apodera de calles y plazas. Tan sólo algún que otro despistado transita por aquí al igual que nosotros.
Una especie de restaurante, terraza o chiringuito, que no lo tenemos muy claro por la forma del local, es el único sitio con el que nos topamos en el camino de vuelta al parador, hermoso castillo cuyos muros guardarán eternamente nuestro amor. En fin, habrá que entrar si no queremos quedarnos sin comer.
Saludamos al entrar a las personas que, apoyadas sobre una vieja y desgastada barra de madera, charlan con un desaliñado camarero que anima la tertulia con las últimas noticias sobre los afortunados con el premio gordo del sorteo que hoy se celebró.
Al oírnos, se vuelven en silencio y tras mirar de arriba abajo a mi compañera -siempre igual, oye- contestan todos al unísono a nuestro saludo. Me acerco al camarero y le pregunto si podemos comer. Me indica que pasemos al comedor y que allí seremos bien atendidos. La carta es completa. Hay de todo y no excesivamente caro. No sé qué pedir pues, aunque ya hemos saboreado las migas y ese tierno panecillo, lo cierto es que aún no hemos comido como Dios manda y, tras varias horas de paseo y de lo que no fue paseo, noto un vacío en el estómago.
Mientras mi compañera aprovecha para acudir, con suma discreción, al servicio, yo aprovecho para ir por tabaco. Al salir busco una esquina en la barra donde situarme sin llamar mucho la atención, pero veo que el camarero me ha servido una cerveza entre su clientela. ¿Será una costumbre o tal vez intenta que no me sienta extraño o sólo? Es curioso, allí donde vamos nos sentimos arropados, protegidos y acompañados por esta buena gente. Y yo que creía que eran aburridos, tristes e infelices. ¡Qué gran error el mío!
Cojo un taburete y me siento entre ellos, en donde poder tomarme la cerveza ofrecida. Uno de los contertulios me pregunta que de dónde venimos y al comentarle que de Madrid, de la capital, se me suelta una charla futbolera sobre el Real Madrid de los últimos cuarenta años que la verdad es que ni me va ni me viene, pero que aguanto estoicamente hasta que salga mi compañera del servicio, más que nada por no hacerles el feo.
Si supiesen lo poco que me importa este deporte pensarían que soy más raro que un perro verde. Me tomo la cerveza, compro el tabaco y me despido de ellos.
Saboreamos las copiosas raciones de jamón y de queso que con todo esmero nos han preparado. Están de vicio. Lástima que no acompañe el vino que nos han puesto y eso que recuerdo haber dicho claramente que fuera un buen Rioja. Tenía que haberme fijado cuando nos la pusieron en la mesa. ¡Ya no tiene remedio!
Son las cuatro y media. Tras pagar la cuenta, tomamos nuevamente el camino en dirección a la catedral. Ahora si está abierta, así que entramos sin pensarlo más, no vaya a ser que todavía alguien nos ponga algún tipo de pega. El interior sigue vacío pero no importa. Para disfrutar no es necesaria una muchedumbre acosándonos. Nos acercamos directamente al sacerdote (y no hay duda de que lo es ya que viste con sotana, como antaño) y le rogamos que nos indique lo más destacado de la catedral.
Pues este buen señor nos cuenta que sin duda lo más importante es su color y la fortaleza de la edificación. Nos habla del magnífico rosetón románico, del campanario y sobre todo de la tumba del Doncel, del altar de Santa Librada, del mausoleo de Don Fabrique, del sepulcro del Obispo Don Bernardo de Agén, de la sacristía y de la Capilla Mayor.
Antes de irnos nos entretenemos en disfrutar de la majestuosidad de la obra funeraria del doncel. Parece ajeno al tiempo, mientras lee su libro recostado sobre la almohada. Es una maravilla.
Las calles se van llenando de niños y jóvenes de todas las edades que acuden prestos a los quioscos para proveerse de chicles, caramelos y demás chucherías que devorarán junto a los amigos, ya sea en el parque, en la explanada del castillo o en los recreativos más cercanos.
Al final conseguimos pasar un día más que agradable, sin demasiado esfuerzo por nuestra parte –esto último es un decir, claro-.
Hay que repetir esta experiencia en más ocasiones. Me han hablado de un parador precioso en Chinchón, que antes fue cárcel y convento. También de uno que se encuentra en lo alto de un monte desde el que se ve todo Toledo.
Va siendo hora de volver. Ha empezado a anochecer y hace un frío que pela. Lo de esta mañana al partir no era nada comparado con esto. Antes de iniciar el viaje de regreso, entramos en el parador para echar un último vistazo –es otro decir- y comprar algún recuerdo, como un lápiz, una colonia o un llavero. Al salir no puedo evitar que mi compañera coja un pomelo de uno de los cestos de frutas que hay de adorno en la escalera. Le atrae su color y aroma.
La nieve cae intensamente. Hemos de salir de aquí lo antes posible no vaya a ser que se hiele el camino y resulte complicado llegar hasta la carretera nacional. Nada más dejar Sigüenza a nuestra espalda, el resto no es más que pura oscuridad, salpicada por el blanco de los copos de nieve que se precipitan sobre el parabrisas del coche.
Ya a la altura de Torrejón de Ardoz, las luces del horizonte, que anuncian la ciudad, nos atraen como un imán. Sentimos por primera vez ganas de llegar. Madrid es único, tanto de noche como de día, así que sigo recto para poder callejear por el centro de la ciudad y disfrutar así del ambiente y colorido de sus calles y plazas.
Son las once y cuarto y el cansancio se va adueñando de nosotros. Va siendo hora de regresar al hogar y dejar de pasear.
La aventura llega a su fin.
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