
Los del territorio se echaron a los pies de los demás galos suplicando no quemasen aquella ciudad, tal vez la más hermosa de toda la Galia, baluarte y ornato de su nación y urbe de fácil defensa, por estar cercada de un río y una laguna.
Aquel día se salvó urbe, pero poco más tarde cayó ante el avance de Cesar. No hubo piedad para ancianos, ni mujeres, ni niños. De cuarenta mil personas se salvaron apenas ochocientas que, al primer ruido del asalto, huyeron hacia el campo de Vercingetórige. (Cayo Julio Cesar. Comentarios de la guerra de Las Galias y de la Guerra Civil. Libro séptimo)
La Ciudad más bella de los galos, sigue siendo hoy un lugar apacible, que ha quedado fuera del industrialismo y los grandes trasiegos, donde asombra una vida pacífica y dulce, provinciana, en unas calles con sabor a historia y retazos de arte.
Palacios, casas medievales con el entramado constructivo de madera, restos de muros e iglesias atestiguan esa calidad histórica que se resalta con un monumento notable: la catedral gótica, una de las más bellas de la cristiandad.
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