La lucha por salvar una tierra.

Para la antropóloga no sirve la actual política de subvenciones, porque se emplean sin control y destruyen el patrimonio.
Con mucho menos dinero se puede hacer más. Ella misma ha impulsado una asociación para la protección de La Cabrera. Los socios pagan una cuota anual de 5.000 pesetas, que se dedica a reparar esta herencia cultural. Ha empezado restaurando los palomares de Robledo de Losada y ahora quiere continuar rehaciendo los techados del soberbio conjunto de pajares de Villar del Monte.

Palomares en Robledo de Losada.

Techar un pajar puede costar menos de medio millón de pesetas. Este año la Asociación compró paja de centeno en la una comarca cercana, para empezar a retechar alguna de estas joyas milenarias. Tal vez de esta forma los campesinos y las autoridades empiecen a valorar ese patrimonio único que atesoran sin saberlo.

Junto a Concha, algunas otras personas también están volcadas en salvar La Cabrera. Pilar Ortega es una pintora que hace 22 años dejó Madrid y se afincó en Truchillas, en una sencilla casa de piedra, desde cuyo balcón se contempla la pequeña espadaña de la iglesia, dominando un conjunto de tejados pizarrosos. Sólo viven en el lugar doce o catorce personas, en medio de un poema de silencio y rumores de agua.

Pilar tiene una mano extremadamente sensible que dibuja los viejos pajares, las casas de corredor, los aperos de labranza y el viejo carro chillón que duerme bajo una portada de piedra. Sus dibujos muestran cómo la arquitectura tradicional armoniza con el paisaje. Son estampas utilizadas como promoción de la zona, que se venden en el pequeño museo recientemente abierto en Encinedo.

Iglesia de Marrubio. Dibujo de Pilar Ortega


Su marido, Serverino Carbajo, no se atreve a utilizar los pinceles para plasmar los campos ni los campesinos cabreireses. En su retina perduran luces norteafricanas y jardines clasicistas que sigue reflejando en el lienzo. Pero Severino si ha dedicado buena parte de su tiempo a restaurar pinturas y tallas del patrimonio religioso de La Cabrera. Al menos, también consigue con ello prolongar la vida del arte atesorado en las ermitas y pequeños templos.

Poca gente más se preocupa de ésta riqueza: Olimpia, la maestra retirada que cuida en museo de Encinedo; Manuel Garrido, párroco de Robledo de Losada, infatigable escritor de temas cabreireses… Algunos alcaldes también muestran interés por su tierra, aunque debieran asesorarse más antes de emprender obras y empecinarse en la defensa de ese patrimonio histórico que es uno de los mayores tesoros leoneses.

En algún momento, La Cabrera ha tenido bastante más de 10.000 habitantes. Pero el empuje demográfico se ha venido abajo. La pobreza impulsó a las gentes hacia el exterior. Entre los emigrantes figura un pastor de Iruela que en el siglo pasado cuidaba las cabras del cura de Valdecañada. Los lobos le mataron un día cinco cabras y él, temeroso de reprimendas, marchó camino abajo hacia Sanabria y Portugal. Terminó de relojero en Inglaterra y, ya mayor, envió a España el reloj de la Puerta del Sol.

Como el relojero Losada, emigraron miles de gentes, dejando vacíos los valles y las construcciones de piedra. Hoy sólo pueblan la zona tres habitantes por kilómetro cuadrado. Queda un paisaje encantado de montañas, arroyos y lagos glaciares, junto a pueblos solitarios de piedra eterna.     
Cuentaviajes de Salvar la Cabrera

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