
Es un inmenso buque varado; una notable obra que debe ser salvada y acondicionada para el beneficio y orgullo del territorio en el que fue levantada, y donde hoy yace como un inmenso féretro vacío, sin vida
Lo que fue un proyecto de futuro se quedó en un alarde técnico y arquitectónico sin apenas uso.
La enorme estación, de 240 metros de longitud, con 75 puertas a cada lado, sus tres alturas, sus letreros bilingües y sus playas de vías de ancho europeo a un lado y español al otro, apenas cumplió una función ferroviaria.

Ocho años después de su inauguración se cerró por la Guerra Civil. En 1940 se reabrió (y probablemente se usó para el paso de caudales nazis hacia España), pero fue languideciendo.
Por allí pasaron peregrinos hacia Lourdes, mercancías de todo tipo, cítricos con destino a Europa, y algún deportista con ánimo de practicar esquí. Hasta que en 1970, aprovechando el derrumbe de un puente, Francia cerró la línea.
Desde entonces, las cosas sólo han ido a peor. En la parte francesa la línea ha sido desmantelada, invadida, con los puentes derribados. En España se mantiene el servicio, apenas dos trenes al día que llegan a la vieja estación, un buque fantasmagórico cuyo mantenimiento resulta poco menos que imposible.
En una Europa en progreso, las vías de Canfranc, cubiertas de hierba, los vagones en descanso eterno y la maravilla del edificio modernista en creciente abandono, hacen rememorar los días de gloria de Manaos y de las ciudades fantasma de la fiebre del Oro.
La desolación invita a la poesía y a la meditación, tal vez también al desasosiego.
Hay un fuerte movimiento en la comarca para volver a dar servicio a la estación, pero los únicos visitantes que tiene son los aficionados a los ferrocarriles, cuatro montañeros y vecinos y una pléyade de curiosos que circulan entre los edificios, las vías y los viejos vagones.
Cuentaviajes de Canfranc, la estación varada |
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