
Pero en plena época romántica, apareció un salvador para aquella enorme fortaleza medieval desprovista de expectativas de futuro: Viollet le Duc (1814-1879), un arquitecto clave en la conservación del patrimonio. En el inicio de los años 30 del siglo XIX, había surgido en Francia un movimiento conservador y restaurador de edificios antiguos.
En una Francia cansada de los desmanes de la época revolucionaria, con una monarquía absoluta ansiosa por entroncarse con un pasado glorioso, la arquitectura sirvió a la par para imitar la imagen imperial romana y la brillantez de las construcciones medievales, tan caras a los románticos.
Viollet le Duc, arquitecto de la Comisión Nacional de Monumentos Históricos, desplegó una gran actividad en lugares como París (Sainte Chapelle y Notre Dame), Vezelay, Puy en Velay, Tolouse, Carcassone, etc. Fue él quien hizo que la Cité de Carcasona reviviese en todo su esplendor y adquiriese ese aspecto formidable que sorprende hoy al viajero cuando éste contempla la que es –sin duda- la mayor fortaleza de Europa.

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