Pero los cañones no se mantienen solos. Necesitan una guarnición completa, con artilleros, intendencia, vigilancia, logística, transmisiones, lo que ha supuesto la permanencia constante de miles de soldados, oficiales y jefes del Ejército a lo largo de tres cuartos de siglo de existencia. Hoy en día, Cabo Tiñoso es un paraíso paisajístico, un lugar de recreo para la vista cansada de los habitantes de las grandes ciudades.

Pero para los ojos de los soldados de reemplazo, la batería de Costa tuvo que ser un auténtico batallón de castigo. Abundantes garitas salpicaban la costa para vigilar la llegada de un enemigo hipotético, mientras los controles terrestres multiplicaban los cuerpos de guardia desde Campillo hasta el último bastión.
Al pie de los grandes cañones, una fachada de piedra rematada de almenas daba paso a los subterráneos en los que se almacenaba la munición, a los talleres, a las oficinas y a los puestos de observación, protegidos por viseras descomunales.
Un buen día, el Ejército decidió abandonar el lugar, las garitas se quedaron vacías, desaparecieron las barreras y los puestos de guardia, y el enemigo no hizo acto de presencia. ¡Qué frustración para miles de soldados y de militares profesionales que dejaron su juventud engrasando una maquinaria que no se ha utilizado prácticamente nunca, y vigilando un litoral en el que sólo se ven hombres-rana dispuestos a mirar el fondo marino, despreciando el inexpugnable bastión del Cabo Tiñoso!.
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