El friso de alabastro de la leona herida, procedente del palacio de Asurbanipal en Nínive, y ahora en el Museo Británico. Es una pieza sorprendente. La leona arrastra su patas traseras y difícilmente se mantiene erguida sobre las delanteras. Tres flechas han alcanzado su cuerpo y la sangre cae al suelo. El bello animal, con las fauces abiertas, mira hacia delante, en un intento de afrontar con orgullo el último instante de su última batalla.

Los animales fueron un motivo artístico de primer orden en todos los territorios asiáticos, especialmente en los imperios del sudoeste de Asia. Persas, sumerios, asirios, hititas, etc. han dejado muestras abundantes de escultura anomalística.
Leones, dragones y animales mitológicos hechos de cerámica vidriada para decorar grandes palacios o templos han subsistido. También perduraron multitud de vasos con pinturas de pájaros, bóvidos u otros animales. Las pinturas murales han desaparecido.
Más suerte han tenido numerosas pinturas de los imperios de Egipto, descubiertas en los viejos recintos funerarios. El bello friso de las ocas de Meidum, hallado en una mastaba, ha llegado hasta hoy con sus brillantes colores. Las ocas se pasean entre la hierba, picoteándola. Es una representación tan realista como atractiva: tiene 45 siglos.
Las tumbas han sido un buen refugio de las pinturas. No sólo en Egipto, sino en el ámbito de los etruscos, los aztecas o la cultura china, por poner ejemplos lejanos entre sí, donde se practicaron cultos a los muertos, a los que se les dedicaron pinturas relacionadas con su vida y aficiones. Así aparecen toros, felinos, pájaros o caballos.
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