
El ayuntamiento y una fábrica de anises ocupan el viejo convento de San Agustín, cuyas obras son básicamente del XVI y XVIII.
El convento de San Francisco, del XVII también se ha adecuado para la producción de anisados y mercado de abastos.

Pero el arte y el sabor a historia también están en las afueras, como en la cartuja, donde se muestran elementos góticos, mudéjares y barrocos.
Parte de la misma ha sido salvada de las ruinas para reconvertirla en hospedería y centro de arte.
El resto exhibe esa melancólica belleza de la destrucción; paseos umbrosos donde pudiera estar el espíritu de Gustavo Adolfo Bécquer buscando un rayo de luna o el eco de la pisada de una mujer amada sólo en sueños.
Cuentaviajes de Cazalla: señora de la Sierra |
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