
La afluencia de petrodólares ha sido muy positiva para la obra pública (espectaculares carreteras en la costa, túneles por doquier) y para el elevado consumo de los noruegos, que disponen de casas, coches y bienes diversos con alegría.
Afortunadamente, el dinero no les ha convertido en nuevos ricos, y han sabido mantener el gusto por muchos aspectos tradicionales, comenzando por las viviendas de madera, que proliferan por todo el país. En otros muchos países, con ese nivel de vida, habrían desaparecido todos los pueblos bajo la piqueta, levantando en su lugar suntuosos chalés de plaqueta, ladrillo caravista y balaustradas estilo Falcon Crest.

Los noruegos no, ellos aprecian la calidez, junto a la calidad, y siguen construyendo mayoritariamente sus viviendas con madera y, cuando son muy ricos, con tejados de corteza de abedul y tierra, que permiten tener vegetación en la cubierta durante el verano y protegidas y transpirables en invierno.
También se conservan en Noruega pueblos con estructura tradicional, como Olesund, Kristiansund y, sobre todo, Bergen, con un conjunto arquitectónico soberbio en el barrio de Bryggen.
Los antiguos muelles hanseáticos son hoy un dédalo de calles con el pavimento de madera, las casas de madera y el olor de madera en las que se integran las tiendas de souvenirs, los restaurantes y los despachos profesionales.
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