
Dicen que la princesa murió de pena, porque le faltaban el frío de su país, su gente, su pasado, y le sobraban el calor asfixiante del Guadalquivir, la corte castellana y su incierto futuro. Sin duda soñó en las agobiantes noches españolas con aquellas tierras verdes, con aquellas rocas y cielos que enmarcaban las aguas grises de los fiordos; con aquellas cumbres glaciares y con el manto de la nieve del que emergían los troncos –también blancos- de los abedules.

Las alianzas de la corona castellana, cegada con el Sacro Imperio, llevaron a amañar la boda de la triste Cristina con Don Felipe, hermano del Rey Alfonso X (el Sabio) - ambos hijos del Rey Fernando III (el santo) y Beatriz de Suabia-.
El infante había sido abad de la Colegiata de Covarrubias a los 21 años y arzobispo de Sevilla, en el momento de abandonar la carrera eclesiástica para dedicarse a sus matrimonios palaciegos.
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