El fenómeno megalítico (Neolítico-Calcolítico, aproximadamente 4.000 años antes de Cristo) es eminentemente funerario, sin duda acompañado de ritual, pero no se puede decir que las tumbas fueran un lugar de culto, o un santuario, más allá del encuentro colectivo de la vida y de la muerte.

Sin embargo, el politeísmo y las creencias populares abonaron desde la noche de los tiempos las supersticiones y la sacralizaron de determinados lugares megalíticos.

La Iglesia católica tomó cartas en el asunto desde el primer momento, por lo que es frecuente encontrar cristianizaciones de los megalitos, que a veces son simples advocaciones de los lugares (casito de Santa Lucía, se denomina un dolmen del burgalés Valle de Valdelucio) y otras veces son auténticas reconversiones religiosas.
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