Lo cierto es que el taller silense pronto se agotó; en un momento en el que la producción lemosina empezó a declinar de calidad a medida que se hacía masiva.
El declive se acentuó por el empuje de la propia orfebrería de oro y plata, en la que el esmalte pasó a ser un detalle o elemento decorativo, únicamente. No obstante, aún tendría este un nuevo florecimiento a partir del XIII, empujado desde el norte de Italia, merced al uso del bajorrelieve esmaltado, una especial “pintura asociada a la escultura, según definición del propio Vasari.
Sin embargo, jamás llegarían a ser tan populares los esmaltes que en aquellos días de oro de la producción lemosina, cuando el enriquecimiento de la iglesia y el propio retorno de los cruzados cargados de reliquias de los santos lugares hicieron que muchas de las iglesia de la cristiandad, incluso algunas relativamente humildes, llegaran a poseer aquellas arquetas coloristas, brillantes, refulgentes, adecuadas para contener objetos ligados a la propia divinidad.
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