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El brillo del cristal

Desde el profundo medievo, el hombre se maravilló por el brillo del cristal.
Las migraciones de germanos orientales trajeron a Europa Occidental el gusto por un estilo cromático conseguido mediante la inserción de pedrería y pastas vítreas, que se rodeaban de una pequeña moldura y daban tonos vivos a cajas, coronas, cinturones u otros lujosos objetos personales.

Detalle del Pantrocrator de la Pala de Oro de San Marcos de Venecia. Oro y esmalte.

Aún antes que en el siglo XII el Abad Suger descubriese a Dios en lo material, a través de los brillos del arte y la riqueza, dignatarios carolingios y bizantinos descubrieron y apreciaron en grado sumo la belleza de las piezas ornamentales, religiosas o no, recubiertas de esmaltes.

De hecho, durante todo el medievo, la producción de esmaltes fue considerada como verdadero arte mayor, tan importante como la pintura, las vidrieras o la escultura, valoración que empezó a decaer a partir del Renacimiento.

Hay muchas tesis sobre el lugar de origen de los esmaltes. Se ha apuntado a Persia, a Egipto, e incluso se han detectado hallazgos en la Galia prerromana.

     

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