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Esmaltes para todo el orbe

Ya se cuentan donaciones de piezas lujosas de los emperadores del siglo VI a los príncipes de la iglesia.
El propio Justiniano ofreció a la iglesia de Santa Sofía un altar de oro y esmaltes, una maravillosa obra que los cruzados que tomaron Constantinopla en 1204 deshicieron a pedazos para repartirse el oro.

Los avatares por los que pasó la gran ciudad del Bósforo hicieron que aquella producción se perdiese en buena medida. No sólo por las luchas contra enemigos exteriores, sino a causa de las iniciativas iconoclastas, que prohibieron la representación de la figura humana, un auténtico mazazo contra el arte.

Arqueta de Santa Valeria, de 1175-1185. Cobre con esmalte champlevé. Taller de Limoges. Hermitage Museum, San Petesburgo, Rusia

Pero los brillos de su lujo aún perduran en museos e iglesias de occidente, y de forma especial en Venecia, donde se pueden contemplar elementos como la Pala de Oro, de San Marcos, originaria de fines del siglo X, o el libro de San Miguel, de época cercana.

En torno al siglo X, reinando Constantino Porfirogeneta, la producción de esmaltes alcanzó un nivel incomparable. Aquellos esmaltes, sobre soportes de oro o plata dorada llegaron a toda Europa civilizada.

     

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