Los avatares por los que pasó la gran ciudad del Bósforo hicieron que aquella producción se perdiese en buena medida. No sólo por las luchas contra enemigos exteriores, sino a causa de las iniciativas iconoclastas, que prohibieron la representación de la figura humana, un auténtico mazazo contra el arte.

Pero los brillos de su lujo aún perduran en museos e iglesias de occidente, y de forma especial en Venecia, donde se pueden contemplar elementos como la Pala de Oro, de San Marcos, originaria de fines del siglo X, o el libro de San Miguel, de época cercana.
En torno al siglo X, reinando Constantino Porfirogeneta, la producción de esmaltes alcanzó un nivel incomparable. Aquellos esmaltes, sobre soportes de oro o plata dorada llegaron a toda Europa civilizada.
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