
En cuestión de años los pueblos suecos consiguen erigirse en reino al rebelarse ante Dinamarca. Parte de su territorio, Finlandia, debe cederlo a la vecina Rusia tras su guerra con Napoleón. Por esta época, Carlos XIII fallece sin descendencia y nombran príncipe heredero nada menos que a un oficial de Napoleón, Bernadotte, quien se convertirá en Carlos XIV Juan y al que le cae en suerte también Noruega. Siguen años de cultura y cimentación de la ciudad señorial de Estocolmo.
Con el cambio de siglo, la vecina Noruega logra su independencia definitiva, en 1905. Entre 1918 y 1921, muestra Suecia sus avances mentales y sociales al instaurar el sufragio universal. Una mentalidad que ayuda a conseguir que tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial mantengan una posición neutral ante la debacle que asola Europa. Como último gran hito hasta el momento, puede cifrarse la adhesión a la Unión Europea en 1995.
Estocolmo no es ajena, por supuesto, a todos estos acontecimientos. Ya en la Edad Media es utilizada como plataforma comercial aunque tiene que esperar hasta mediados del siglo XVII para convertirse en capital de Suecia, hecho apreciable en la arquitectura de la ciudad actualmente, ya que buena parte de palacios procede de esa centuria.
Pero antes de lograr ser centro de un país, tuvo que luchar por el país y así, durante el dominio de los daneses, un hecho marcó la historia de la zona en el siglo XVI. Después de surgir un movimiento nacionalista con Stern Sture al frente, el monarca danés no permitió ningún tipo de ínfulas al respecto y acudió en 1520 a Estocolmo. Allí decapitó a Sture y a sus vástagos y apiló sus cabezas unas sobre otras en medio de la ciudad. En su recuerdo se encuentra una fuente instalada donde ocurrió el hecho, en la plaza Stortoget de la isla Gamla Stan.
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