
El punto más alto del Monte Nebo, que se eleva en la meseta de Transjordania, alcanza los 800 metros sobre el nivel del mar. Desde allí se ofrece un panorama que abraza buena parte de Tierra Santa: hacia el Sur se divisa el Mar Muerto y el Desierto de Judá; al oeste el Valle del Jordán y las montañas de Judea y Samaria. Siempre al oeste, especialmente en los días claros, es también visible Belén, la fortaleza de Herodes, las cúpulas de Jerusalén y el oasis de Jericó.
En este monte, se cuenta que Moisés divisó la tierra prometida y fue desde donde se partiría hacia ella, pero su rastro se perdió aquí. Supuestamente desde el Monte Nebo subió al cielo sin llegar jamás a la tierra prometida. Nunca se encontró rastro alguno de su cuerpo o tumba.
Aquí ya se edificó en el siglo IV una iglesia con tres ábsides, lugar que fue visitado por la monja berciana Eteria en el año 393. Un altar se llama aún “de Eteria” en recuerdo a esta antiquísima peregrina de los Santos Lugares.
El templo fue ampliado en la época bizantina, especialmente en los siglos VI y VII. En inicios del XX llegaron allí los Franciscanos y encontraron sólo un montón de ruinas. Ahora han reedificado una iglesia sencilla en la que hay otro tesoro artístico: unas magníficas colecciones de mosaicos fechables básicamente en el siglo VI.
En torno al humilde monasterio quedan zonas repletas de ruinas y restos de columnas, al lado de una monumental cruz de hierro, con una serpiente enroscada en torno a ella. Y en torno al conjunto, como siempre, la soledad.
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