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Años de mutismo

Dieciséis años pasaron sin que nada se supiera del paradero de Evita. El profesor Ara, por fin, se pudo ver libre de la responsabilidad que dejó sobre sus espaldas Juan Domingo Perón; los militares pudieron deshacerse de aquel símbolo que les amenazaba desde la tumba. Mientras, la leyenda y el misterio en torno a Eva Perón continuaron creciendo.

Argentina seguía sumida en continuas convulsiones políticas, hasta que, en 1971, llegó al poder el teniente general Alejandro Agustín Lanusse, gracias a un golpe militar que sus antecesores asestaron en 1966.

Entre las primeras decisiones de Lanusse estuvo la de devolver al general Perón el cuerpo de Evita: durante quince años había estado enterrada en un cementerio italiano bajo el nombre de María Maggi.

El sábado 4 de septiembre de 1971, el cuerpo de Eva Perón llegó a Madrid, al lujoso chalet “Quinta 17 de octubre” de la exclusiva zona residencial Puerta de Hierro. Sus restos fueron trasladados en un furgón que entró a España por el puesto fronterizo de La Junquera.

Los periódicos retomaron la noticia, pero quedó demostrado que aún continuaba siendo un secreto bien guardado dónde estuvo Evita entre los años 1952 y 1955. La Prensa dijo entonces que Eva Perón descansó durante aquellos tres años en el cementerio bonaerense de La Chacarita, en un ataúd de plata de 400 kilos de peso, cuando en realidad no se había movido de una improvisada capilla ardiente en la segunda planta de la Confederación General del Trabajo.

Con Evita en Madrid, Juan Domingo Perón volvió a llamar al doctor Pedro Ara, que desde hacía años se encontraba también en España. Además de Perón y Ara, en el chalet estaba el peronista José López Rega (quien años más tarde fundaría la fascista Triple A) y la tercera esposa del general exiliado, María Estela Martínez, más conocida como Isabelita. Así contó en su momento el profesor su reencuentro con Evita: “Penetramos los cuatro juntos en un largo salón, especie de jardín de invierno, inundado de sol. Al fondo, sobre una mesa, se veía un viejo y ordinario féretro ya abierto que, desde luego, en nada recordaba al fino y valioso ataúd de 1952 y 1955. La tapa interna de metal y cristal había sido desprendida. Doctor -dijo el general Perón-, usted que lo hizo y que fue el último que la vio, ¿qué opina?. Creo que no hay duda -respondí al general-, pero vamos a examinarlo todo”.

A primera vista el espectáculo impresionaba lastimosamente; humedad y suciedad. Se desprendía el mismo penetrante olor del producto químico que el mismo general Perón recordó haberme visto agregar el día 27 de julio de 1952, a las ocho de la mañana, y que volví a utilizar el 24 de noviembre de 1955 ante el teniente coronel Moori Koenig y sus compañeros. Sin el menor desorden en el peinado, la cabellera aparecía mojada y sucia. Las horquillas inoxidables, herrumbradas, se quebraban entre nuestros dedos. La esposa del general comenzó a deshacer las trenzas de Eva para ventilar y secar sus cabellos y limpiarlos de herrumbre y tierra. Ni la túnica ni el ligero camisón habían sido movidos, pero todo estaba cubierto de grandes manchas, seguramente de los óxidos metálicos y de la tierra arrastrados por el agua, lo que induce a pensar que el féretro de Eva no estuvo depositado en cripta o capilla, sino enterrado”.

Pedro Ara continuó haciendo un minucioso examen de su obra maestra. Lo primero que notó fue un aplastamiento de la nariz producido por la presión del cristal de la tapa y dos ligeras marcas en la frente. Los labios, el mentón y las mejillas, al igual que todo el resto de la cabeza, conservaban la misma forma que tenían a fines de noviembre de 1955. El remodelado del “lóbulo de la oreja izquierda, o sea, el relleno del vacío que dejó en ella la pequeña cuña extraída para el examen forense ordenado en octubre de 1955 por el Gobierno de la República, permanecía como cuando se hizo la provisional reparación”, cuenta Pedro Ara en su libro. Lo siguiente que detectó el profesor fue un surco circular en el cuello de un milímetro de profundidad, pero enseguida tuvo una explicación: “No representaba otra cosa que la delgada capa plástica superficial quebrada en esa región al ser empujada fuertemente la cabeza contra el fondo de la caja en el mismo impulso, seguramente, que aplastó la nariz”.

Los dedos entrelazados de las manos mostraban ligeras raspaduras por su contacto y roce con las grandes cuentas del rosario pontificio que las envolvió siempre, y faltaba el extremo distal del dedo medio de la mano derecha, que el día 1 de noviembre de 1955 sirvió a la Policía Federal para estudiar la huella digital descrita en el informe de los peritos. Terminado aquel trabajo policial, esa punta del dedo fue reimplantada, pero al parecer no demasiado bien porque se había desprendido.

Hasta aquí el papel del doctor aragonés Pedro Ara con Evita Perón, probablemente el cuerpo que más guerra le dio en su dilatada carrera forense, y, por supuesto, el cadáver más incómodo para dos gobiernos militares argentinos. En relación a esto último, el médico hizo una apreciación: dieciséis años atrás, el presidente Aramburu había sido informado de cómo retirar del cuerpo de Evita la parte suntuaria, estética, de la conservación para dejar el cuerpo reducido a una momia. Oficialmente sabían, pues, cómo deformar y casi destruir aquel símbolo peronista. Nadie se atrevió.

     

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