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Nuevo gobierno militar

Cuando parecía que el asunto de Evita tenía visos de solución, la situación política dio otro vuelco. En noviembre de aquel 1955, el Gobierno de Lonardi fue depuesto en un incruento golpe militar dirigido por el teniente general Pedro Eugenio Aramburu.

El motivo alegado para la revuelta fue que Lonardi se negaba a suprimir las actividades de los peronistas en el Ejército y en los sindicatos. El edificio de la CGT quedó bajo el mando de un capitán de navío, que emplazó ametralladoras y prohibió terminantemente la entrada al piso donde se hallaba la capilla ardiente.

Evita, incluso muerta desde hacía tres años y cuatro meses, continuaba planteando batalla. Mientras, el doctor Pedro Ara no veía llegar el momento en que su destino se desligara definitivamente de aquella mujer.

El médico volvió a iniciar los trámites que ya realizara con el presidente Lonardi, y dirigió un escrito a Aramburu pidiéndole que, oficialmente, se reconociera el fin de su trabajo, y se hiciera cargo del cadáver de Eva Perón. Citado por el nuevo ministro de Sanidad, general Argibay Molina, éste le dice: “Doctor Ara, conozco el informe de la comisión de peritos y soy el primer admirador de su trabajo. Pero con él nos ha creado un grave problema y es preciso que usted. mismo nos ayude a resolverlo devolviendo a lo que usted guarda en la CGT las condiciones de todo cuerpo muerto con su evolución natural igual a la de todos”.

Pedro Ara sacó valor para responder: “A mí se me ha contratado para conservar, no para destruir. Esta preparación no podrá desintegrarse si no es por el fuego, ardería como una antorcha, o por alguna otra forma de violencia”. El general replicó: “Nosotros somos católicos y no aprobamos la cremación”.

El final se adivinaba cerca. El 23 de noviembre, el teniente coronel Moori Koenig informa al doctor Ara de que el presidente de la República “ha dispuesto que sea yo quien remate este asunto”.

Poco antes de las doce de la noche Pedro Ara llegó, por última vez, a la CGT. Subió a la segunda planta acompañado de varios soldados: “Abrí la puerta de la capilla ardiente. La dejé abierta. Los soldados fueron acercándose tímidamente, asomándose temerosos a la estancia, y entraron al fin, animados por mí, siempre con el arma empuñada y descubierta la cabeza. Avanzó uno hasta el centro de la capilla y se santiguó. Los demás le imitaron. Al salir, aún conmovidos, preguntaron: ¿Se la llevan esta noche, doctor? ¿Qué harán con ella? ¿Cree usted que la quemarán?”. Pero el médico no tiene respuestas. Varios obreros que aquella noche trabajaban en la limpieza de la sede sindical decidieron acercarse al médico: “Doctor, nunca nos hemos atrevido a pedirle permiso para entrar donde está Evita, pero esta noche parece que se la van a llevar ¿Podríamos verla antes?”. Pedro Ara les dijo que bajaran al garaje para ayudar a los militares a transportar el ataúd. “Es muy pesado -les dijo-, y el camino ha de resultarles forzosamente difícil. Una vez arriba nadie les impedirá el quedarse con nosotros”.

Poco a poco fueron apareciendo los militares, vestidos de paisano y con Moori Koenig a la cabeza. Un furgón militar trajo el lujoso féretro que tres años antes acogiera el cuerpo de Evita durante los 16 días de su exhibición.

Pasaba la una de la madrugada cuando todos, militares, policías, soldados y obreros, se reúnen ante el cuerpo de María Eva Duarte de Perón. Rompió el silencio el teniente coronel Moori Koenig, y dirigiéndose a los obreros, dijo: “Hemos querido que se hallen ustedes aquí esta noche para que sean testigos de que todo se hace con el máximo respeto, como cumple entre cristianos”.

Según contó años después el doctor Ara, Moori Koenig “retiró la bandera peronista. Al levantarlo, el cuerpo de Eva apareció cubierto por la túnica que desbordaba sus desnudos pies. A una seña mía dos obreros se acercaron para ayudarme. Uno de ellos, sin descubrirla, la levantó tomándola con su túnica por los tobillos. Entre el otro y yo la levantamos por los hombros. Y así transportamos su delegado cuerpo de la plataforma al ataúd, sin desordenar su peinado ni su vestido. Mis improvisados ayudantes estaban pálidos y sudorosos por la emoción y el respetuoso temor. Inmediatamente, el teniente coronel depositó a los pies del cadáver el plegado estandarte del peronismo. Luego, entre él y yo fuimos descolgando las cintas prendidas al negro cortinado que revestía las cuatro paredes de la fúnebre estancia. Había gran número de ellas con inscripciones, restos de las innumerables coronas llevadas por las más diversas instituciones en toda clase de aniversarios y homenajes de la más variada índole. “Primero la de la madre”, dijo Moori Koenig, al mismo tiempo que cruzaba con ella el pecho de la difunta. A los lados del cuerpo fuimos dejando las restantes cintas”.

A Pedro Ara no se le volvió a permitir la entrada en la sede de la CGT. Una noche, pocas semanas después, le despertó una llamada telefónica: “Profesor, ya se la llevaron”.

     

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