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Segunda planta de la CGT

Día y noche se mantuvo abierta la gran sala del Ministerio de Trabajo y Previsión durante 16 jornadas, pero las largas colas de argentinos no parecían tener fin. El féretro, pese a las indicaciones de Pedro Ara, fue abierto en varias ocasiones. Una, para que Perón colocara mejor la cabeza de su esposa, y otra, para prenderle un broche en el vestido. También se hizo circular una corriente artificial de aire para evitar la condensación dentro del féretro, que empañaba el cristal del sarcófago. Aquello molestó sobremanera al doctor, que creyó que aquellas imprudencias darían al traste con sus labores de conservación.

El médico se reunió con el general Perón y le transmitió sus quejas. En aquel mismo encuentro, además de quedar claro que nunca más volvería a tocarse el féretro, se decidió dar por finalizado el interminable desfile. En las intenciones de Perón estaba el volver a exponer el cuerpo de Evita un año después. Nada más lejos de la realidad.

En la segunda planta de la sede sindical, el doctor Ara tenía preparado un sofisticado laboratorio. El jefe de la custodia presidencial, al frente de catorce hombres de la Policía Federal, los mismos que en vida de Eva Perón la habían acompañado a todas partes, se presentó, por mandato de general Perón para ponerse a las órdenes del doctor Ara. Tenía como misión asegurar la protección del cuerpo de Evita y la tranquilidad del trabajo del profesor. Los restos de Eva Perón fueron velados por última vez en el salón de la CGT. El padre Benítez, su confesor, ofició la última misa de cuerpo presente. A la caída de la tarde se cerró la casa, y, en privado, se efectuó el traslado del féretro al laboratorio.

Pedro Ara comenzó un minucioso trabajo que duraría un año y cuyos detalles fue anotando cuidadosamente en un diario, datos que después reproduciría en el libro “El caso Eva Perón”. 11 de agosto: “Mis temores acerca del estado de la piel de las manos quedan desvanecidos, pues las arrugas producidas por la desecación lenta se encuentran duras como el cartón. Le envuelvo los dedos en un algodón con alcohol, glicerina y timol, para tenerlas así durante toda la noche. Transportamos el cuerpo a una plataforma previamente habilitada al efecto, y espero, sin desnudar el cadáver, por si durante la mañana desea verlo por última vez el presidente de la República, puesto que en cuanto lo sumerja no se podrá ver más. Después de cubrirle ojos, nariz y boca con un algodón humedecido con glicerina, alcohol y timol, suspendemos el trabajo hasta mañana. Muy avanzada la noche del día 11 de agosto dejamos el lugar”.

12 de agosto: “3,30 de la tarde. Hemos comenzado la inmersión del cadáver. He preparado 150 litros con acetato y nitrato. El cadáver tiende a flotar, pero le hemos sacado el aire de los pulmones y bronquios, y puesto almohadillas para sumergirlo. Le vendo, uno por uno, todos los dedos de las dos manos, e impregno el vendaje antes de la inmersión con una mezcla de tricloroetileno. Todo el resto del cuerpo no necesita de ningún cuidado especial como las manos”.

13 de agosto: “Después de vigilar el baño y asegurarnos de que la cabeza está sumergida, que la nariz no roza en el cristal, y que las manos están igualmente sumergidas, retiro las almohadillas. A las 6,30 de la tarde hago la última inspección del cadáver y damos por terminado el trabajo”.

Todo se mantuvo en orden durante los siguientes días.

7 de octubre: “Por la mañana sacamos el cadáver, y le fricciono con la mezcla decolorante. Luego le dejo sobre la cara un algodón empapado en la misma mezcla, que desprende inmediatamente mucho oxígeno. Me alarma un poco el sentir que la reacción, sea por las sales disueltas en el líquido, sea por lo que sea, produce calor, que se concentra en la masa de algodón impregnado en el líquido que cubre la cabeza. Eso me induce a volver a levantar todo, y diluir removiendo el líquido decolorante, por miedo de que durante mi ausencia se acumule demasiado oxígeno y se produzca algún ataque al metal, o excesivo calor de reacción que pudiera perjudicar la cara, o la cabeza del cadáver”.

10, 11 y 13 de octubre: “Preparamos líquidos para reinyectar. EL SCH disuelve todos los cristales de timol que queramos poner, y sería una gran modificación, sino fuera porque he comprobado que una pequeña cantidad de agua que se mezcle con el líquido precipita al tricloro y los cristales de timol en forma casi microscópica, que probablemente obstruirían, formando grumos, los capilares, o las arterias pequeñas. Como al inyectar el líquido en las arterias del cadáver, forzosamente se ha de encontrar con agua de los tejidos, renuncio a emplear esa mezcla, a pesar de que la encuentro teóricamente útil en grado sumo, y servirá para otros casos. He hecho una nueva mezcla, solo con alcohol de 96º, formol al 10%, y timol al 1%, que por ser soluble a esta concentración en el agua no nos producirá precipitados”.

     

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