El alcalde del lugar, Ramiro, enamorado de su tierra, dejó su empleo en Bélgica para asentarse en el paraíso que es Forna.
Él, de la mano de la antropóloga Concha Casado, está llevando a cabo una importante labor de mejora y conservación, respetando los valores del territorio.
Poco a poco se arregla la ermita, se recuperan los tejados de las minúsculas casas, para mantenerlas en pie; se puso en funcionamiento el antiguo molino, en un paraje al que llega el agua saltando entre pequeñas cascadas pizarrosas...
No hay guías, ni folletos, ni letreros explicativos. Pero el paseante no los necesita. Porque ve perfectamente lo que era un pueblo cabreirés de hace siglos; Porque, aunque vacías en su mayor parte, perduran en buen estado las casas campesinas; porque en algún soportal aun puede contemplar el descanso eterno del arcaico carro chillón, y porque si accede al interior de estas casas, puede intuir el pálpito de vida de hace milenios.
 Imagen de una vieja casa campesina de Forna. Guiarte Copyright
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 Estatua de la Trinidad en la ermita de Forna. Guiarte Copyright
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