A la entrada aparece una plaza alargada, inclinada, con el suelo de tono pizarroso y ocupada por unos magníficos ejemplares de árboles. A un lago está la ermita, humilde pero llena de dignidad; al otro, una balaustrada nos protege del precipicio, y nos permite el gozo inenarrable de contemplar el pueblo, casi deshabitado, que se escurre ladera abajo como un lagarto, con escamas pizarra, y rodeado por una vegetación casi selvática, de la que llegan los trinos de los ruiseñores.
Es una visión que lo dice todo. Apoyado en el balaustre, el viajero se da cuenta, inmediatamente, de que emprender el viaje ha sido una feliz idea.

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