Juana I de Castilla tenía 27 años y a la futura reina de Portugal, Catalina de Austria, en su vientre, cuando conoció la noticia de que su marido había muerto en Burgos.
Corría el año 1506, pero entonces ya se hablaba de la locura de Doña Juana. Una locura a la que hubiera sido más correcto llamar desesperación e impotencia.
Los malos tratos de Felipe El Hermoso, sus continuas ausencias y constantes infidelidades influyeron en el comportamiento de la Reina. Los primeros años de su matrimonio, cuando aún estaban en Flandes, eran una sucesión de disgustos a causa de los celos. Comenzó a considerársela loca, pero, curiosamente, esto coincidía con las posibilidades de Doña Juana a la herencia hispana tras la muerte de sus hermanos.

La Cartuja de Miraflores, uno de los escenarios de este viaje dramático. Foto Miguel Moreno. guiarte. Copyright
Algunos señalan que lo que padecía la Reina era una esquizofrenia, lo que quizás explicaría la alternancia de sus momentos de absoluta lucidez con otros de pérdida de control. La lucidez quedó demostrada infinidad de veces en lo acertado de sus decisiones políticas; las pérdidas de control, no tanto. Su marido, su padre, su hijo, el cardenal Cisneros... todos pusieron su grano de arena para que Doña Juana sacara lo peor de sí y diera el argumento demente que todos buscaban.
El culmen de su
locura se produjo aquel año de 1506. Felipe, su marido, fue trasladado ya cadáver a la Cartuja de Miraflores, muy cerca de Burgos. Y allí comenzó una leyenda convenientemente inspirada por los cronistas de su época, que escribían al servicio y en justificación de aquellos que le arrebataron la Corona y el Reino.
Sí es cierto que la Reina luchó por llevar el cadáver de su marido a Granada, tal y como él dejó dicho, y que se negaba a separarse del féretro por temor a que le impidiesen cumplir los deseos de Don Felipe, pero no lo son tanto las fábulas que se levantaron en torno al peregrinaje fúnebre.
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