
Francisco Jiménez de Cisneros, el que fuera confesor de Isabel La Católica, asumió la Regencia de Castilla ante el vacío de poder creado por la muerte de Felipe El Hermoso, la supuesta locura de Juana I y la ausencia de Fernando El Católico.
Sin embargo, la Reina seguía tomando decisiones que hablaban de su cordura. Mientras el cardenal Cisneros intentaba que en Castilla se aceptara la incapacidad definitiva de Doña Juana, ésta, la mañana de su segunda visita al cadáver de su marido en Miraflores, recibe en audiencia a los procuradores y disuelve las Cortes. Si no hacía más era porque se encontraba casi prisionera en Burgos, en casa del condestable, donde la rodeaba un círculo impenetrable de personas que anulaban todas sus decisiones y deseos a no ser que fueran del gusto de sus enemigos. Los intentos de Cisneros fracasan, porque los nobles y el pueblo castellano no acaban de ver que su Reina estuviera tan loca.
La leyenda sobre Doña Juana y el cadáver de su marido continuó alimentándose con hechos que, según se vio con el tiempo, no se ajustaban exactamente a la realidad. Se dijo que la Reina, tanto en sus viajes de Burgos a Miraflores como en su posterior peregrinaje con el féretro de Don Felipe, se negaba a desplazarse de día por caprichos de su demencia. Sus palabras, reiteradamente citadas, fueron: No le sienta bien a una viuda andar por los caminos a la luz del día, pues la gente no ha de verla. Una mujer honesta, después de haber perdido a su marido, que es su sol, debe huir de la luz del día.
De sus desplazamientos con los restos de su marido, se dijo: ...viajaba sólamente de noche. Hombres con antorchas y monjes armados y orando componían la fúnebre y triste procesión... Allí se asentó con su comitiva, en medio de la noche, no sin antes haber hecho abrir la caja para cerciorarse de que se conservaban íntegros los restos de su marido, aunque era muy difícil mantener encendidas, con aquel tiempo, las hachas, que se apagaban por la violencia del viento, dejándolo todo sumido en completa oscuridad.
Pero los mismos cronistas que reproducen estos hechos, cuentan, en cambio, que en su primer viaje a Miraflores llegó allí antes de la misa (o sea, de día) y emprendió el regreso por la noche. Y siguen escribiendo: Tanto a la ida como a la vuelta el camino estaba atestado de una multitud de gente para pedir justicia a la Reina y presentarle sus memoriales. Esta salida produjo notoria satisfacción entre la población y despertó los recelos de los Grandes rebeldes.
El segundo y último viaje a Miraflores fue el 20 de diciembre. Por la mañana, Juana recibió en audiencia a los procuradores y disolvió las Cortes. Por la tarde se encontraba ya en Miraflores, lo que significa que también viajó de día. La resistencia de los prelados a entregarle el cadáver despertó sus sospechas. La apertura del féretro y el reconocimiento de los restos demoró la salida hasta una hora después de la puesta del sol. De no haber sido por esta demora, también hubiera viajado de día.
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