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Peste, viaje y alumbramiento

Pese a que habían pasado más de tres meses desde la muerte de Don Felipe, la Reina no había olvidado su empeño de llevarle a su descanso granadino, viaje que no emprendió antes por el cerco al que se vio sometida.
La llegada de la peste a Burgos precipitó la salida de Doña Juana de esta ciudad, quien, como ya ha quedado dicho, previamente recoge los restos de su marido en Miraflores contra la opinión de los prelados. Pero irse de Burgos no iba a ser fácil, aunque lo consiguiera gracias a un certero golpe de mano aprovechando la confusión del momento.

Torquemada, a la orilla del Pisuerga. Foto Miguel Moreno Gallo. guiarte. Copyright

Justo cuando se aflojó la custodia impuesta a Doña Juana, ésta pasa repentinamente a la acción. Ordena que todo lo que había venido de los Países Bajos debía desaparecer. ¡España para los españoles!, dicen que gritó, y añadió la negativa a entregar Castilla a su padre, Fernando El Católico, cuestión para la que llevaba meses luchando el cardenal Cisneros. Los Grandes quedaron perplejos. Los flamencos y los partidarios de Fernando, desconcertados.

Juana aprovecha al máximo ese favorable momento y desconfía de todos los nobles que le ofrecían cobijo en su salida de Burgos. Estaba resuelta a que su partida de Burgos no significara simplemente un cambio de cautiverio.

Doña Juana se puso en camino sin Cisneros y, así lo cree ella, sin la turba de servidores y espías de su padre, para cumplir su sagrado deber y acompañar a Granada los restos mortales de su esposo, como era su última voluntad.

Pero se da el caso de que Granada está en el centro de Andalucía, y en Andalucía la Reina tiene muchos partidarios, los mismos que están en contra de los flamencos y de Fernando El Católico. Estaba claro que todos los esfuerzos de los enemigos de Doña Juana debían centrarse en que ésta no llegara nunca a Granada.

Pero volvamos a Burgos. Con una niebla cerrada, espesísima, aquella misma noche la comitiva llegaba a Cabia. La noche siguiente durmieron todos en la misma casa en que habían depositado los restos de Felipe. Y a la tercera jornada alcanzaron ya Torquemada.

Hasta la naturaleza parecía estar en contra de Juana. Al llegar a Torquemada no podía dar un pasó más, y tuvo que quedarse allí en espera de su inminente parto, el de su sexto hijo, Catalina. No habían pasado tres días cuando ya estaban allí casi todos los Grandes, con Cisneros a la cabeza. Aquel lugar, dejado de la mano de Dios, en un abrir y cerrar de ojos se convierte en una plaza de armas. Todo el despliegue de energía de la Reina había sido en vano. Doña Juana se encontraba de nuevo prisionera, como lo había estado en Burgos.

El país entero estaba pendiente del alumbramiento de Doña Juana. La Reina estaba muy débil, y tan consumida por las excitaciones y fatigas de los últimos tiempos, que se impone contar con la posibilidad de su muerte. Su fallecimiento significaría el fin de las pretensiones de Fernando El Católico, pues entonces Castilla pertenecería a Carlos, un niño de siete años, y el abuelo de éste, el emperador Maximiliano (padre de Felipe El Hermoso), sería quien mejores títulos tendría para hacerse cargo de la Regencia. Doña Juana resistió el difícil alumbramiento de su hija y, aunque tardó tiempo en reponerse, a finales de marzo su salud estaba lo bastante mejorada como para reemprender la marcha hacia Granada con los restos de su amado Don Felipe.

     

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