Pero ya es demasiado tarde. Ni Cisneros ni los Grandes de Castilla estaban dispuestos a dejar que la Reina se les escapase otra vez de entre las manos sin antes haber nombrado un Rey o un Administrador del reino.
Y ni que decir tiene que el beneficiario sólo podía ser su padre, Fernando, o Cisneros. Doña Juana, sin embargo, se negó a dar semejante paso. ¿Era ésta otra pérdida de control o un momento de lucidez?
La peste llegó también a Torquemada y sus primeras víctimas fueron una camarera de la Reina y ocho hombres del séquito del cardenal. Cisneros instaló el Consejo Real en la vecina ciudad de Palencia y pretendió que Juana se fuera también allí. Pero no hubo manera de persuadirla para que entrara en una ciudad amurallada, lugar en el que fácilmente la podían hacer desaparecer y en donde nadie se encargaría de cumplir el deseo granadino de Felipe El Hermoso.

Tras pasar por Hornillos, el cortejo va a Tórtoles. Imagen de la iglesia parroquial del lugar. Foto Miguel Moreno Gallo. guiarte. Copyright
Cuando no tuvo más remedio que salir de Torquemada se retiró a Hornillos, a una milla de distancia, donde se instaló en un casón, con el cadáver de su marido. Había pensado establecerse en un convento que se encontraba de camino, pero al llegar resultó ser de monjas.
Y aquí es donde la leyenda sobre el cortejo fúnebre de Juana La Loca y sus desvaríos por su difunto marido continuaron agrandándose. La descripción de los cronistas decía:
De día ponían el cadáver sobre el túmulo en una iglesia o en un convento, y lo rodeaban de numerosa guardia, a la que se le encomendaba sobre todo que no se acercasen mujeres al ataúd. Por esta razón no paraba jamás en conventos de monjas. En una de las jornadas, mandó la Reina que se llevase el cadáver al patio de un convento, que supuso era de frailes. Pero se llenó de horror al saber que eran monjas las que lo ocupaban, e hizo que se sacase. (...) Juana se hallaba poseída de la idea de que el muerto había sido embrujado por mujeres envidiosas. Que su muerte era sólo aparente y temporal. Que al cabo de cierto plazo vovería a la vida. Vivía en el constante temor de que podía dejar escapar ese momento...
La explicación, sin embargo, bien puede ser otra. En el séquito de Doña Juana figuraba la servidumbre entera de sus caballeros y los centenares de lasquenetes que constituían su guardia. Resultaba impensable que esos rudos guerreros pernoctaran en un convento de mujeres.
Así nació la leyenda de que Juana, en un arrebato celos, se había puesto en camino en mitad de la noche para no permitir que los restos de su esposo descansaran en un convento de monjas.
La cuestión es que Doña Juana llegó a Hornillos al cantar el gallo. Juana se alojó en la relativa comodidad, por supuesto con Don Felipe cerca, pero los caballeros que la acompañaban no encontraron dónde meterse. Algunos se construyeron cabañas para, al menos, poder dormir bajo techado, pero muchos siguieron camino hasta Palencia.
La Reina volvió entonces a tomar las riendas del poder en lo que era ya un enfrentamiento abierto a Cisneros. Consiguió suficientes apoyos; tantos como para que Cisneros se alarmara y pidiera a Fernando El Católico, el padre de la Reina, su regreso inmediato a España. Efectivamente, Don Fernando llegó de forma precipitada a España y pidió audiencia a la Reina. Doña Juana accedió y la cita se fijó en Tórtoles. Y como cada vez que la Reina se ponía en camino, otro tanto hacía su difunto marido, o lo que quedaba de él, hacia Tórtoles se dirigió el cortejo fúnebre.
El trecho de quince millas que va de Hornillos a Tórtoles lo cubrió Doña Juana viajando de noche. Pero no hay que precipitarse en sacar conclusiones de esta circunstancia. Juana se puso en marcha un 24 de agosto, en la época de mayor calor, y hay testimonios fehacientes de que estos viajes nocturnos en pleno verano no tenían nada de extraordinario.
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