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Tordesillas... Granada

A la Reina sólo le quedaba un recurso: resistir hasta la muerte y en soledad. Cuando a don Fernando le llegaban las cartas de Arcos anunciándole que Doña Juana ni comía ni dormía, le tuvo sin cuidado.
Es posible que Doña Juana se diera pronto cuenta de la inutilidad de sus armas, pero no tenía otras, y darse por vencida no entraba en su carácter (¿loca?).

Dos meses después de la marcha de Don Fernando, la Reina cayó gravemente enferma. El obispo de Málaga escribió al regente Don Fernando que se la podía tener más por muerta que viva.

El Duero en Tordesillas, donde Doña Juana sufrió una eternidad. Foto Jesús Pozo. guiarte. Copyright

Esto es lo único que él no podía permitir. Que Juana muriera. De ocurrir esto, el pequeño Carlos, primogénito de Juana y Felipe y futuro Carlos I de España y V de Alemania, que se educaba en los Países Bajos, sería inmediatamente proclamado Rey de Castilla, y el emperador Maximiliano, su otro abuelo, desembarcaría en el país con pretensiones de Regente. En consecuencia, hizo anunciar a su hija que pronto volvería a su lado llevando a su nieto Fernando.

Ante esta noticia, Juana cambió de conducta y modo de vida. Cuando en febrero se presentó su padre acompañado del niño, Juana se vistió otra vez con sus ropas de Reina. En el pensamiento de Fernando, esta audiencia debía ser el último contacto de Juana con el mundo exterior.

El 14 de febrero, a las tres de la madrugada, la despertaron súbitamente y su padre la ordenó que se preparase para salir enseguida. Sus objeciones no le sirvieron de nada. Don Fernando sólo consintió en dar un día de plazo a Doña Juana cuando ésta jura no moverse si no es con los restos de su esposo. No le quedó otro remedio, pues hacer salir de Arcos a la Reina de un modo tan precipitado, sin el féretro de su esposo, del cual era notorio que jamás se separaba, equivalía a confesar que la raptaba contra su voluntad y por medios violentos.

También este viaje se hizo de noche. Y esta vez sí era cierto que el coche mortuorio, tirado por un tronco de cuatro caballos, emprendió su ruta por los caminos de Castilla a la luz de unas antorchas que flameaban en la helada noche. Mas la Reina, que lo seguía, no lo hacía por deseo propio, sino en calidad de prisionera.

Fue conducida a la fortaleza que ya no debía dejar el resto de su vida. Y de la que sólo la liberó la muerte, después de cuarenta y siete crueles e interminables años, transcurridos los últimos, sólo los últimos, en franca locura.

Bastó el día de plazo que Doña Juana arrancó a su padre para que la noticia de lo que ocurría se esparciera con la velocidad del viento. Para que acudiera un sinfín de gente de Burgos y otras ciudades para ver pasar a su Reina. El fúnebre cortejo desfiló a la luz de las antorchas ante una multitud que se agolpaba en silencio a la vera de los caminos.

Era el año 1509 cuando los restos de Felipe El Hermoso llegaron al convento de Santa Clara, lejos, por el momento, de su deseada Granada. Y en la misma ciudad de Tordesillas, en un alcázar muy cercano al convento, fue recluida Doña Juana por su padre.

El féretro de Don Felipe quedó instalado en la capilla del convento, hasta que en algún momento antes de 1516 (la fecha exacta no está documentada) Fernando El Católico terminó de cumplir el deseo de su yerno: lo trasladó a la capilla real de Granada, donde aún descansa.

     

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