A medida que nos adentramos en el sur, la civilización va desapareciendo. Salvo el pueblecito de Gadhamés (antigua aldea Tuareg, Patrimonio de la Humanidad) lo que existe por debajo son localidades de escasos habitantes.

En realidad, se trata de albergues con bungalós de techos de paja, baños y aseos comunes, pero bastante aceptables dadas las circunstancias.
La comida en ellos tampoco es mala y la estancia, con media pensión incluida, ronda los 10 euros por persona.

Son un lujo para el viajero, teniendo en cuenta que son escasos y que permiten darse una ducha, un auténtico sueño cuando se llevan sobre las espaldas tres o cuatro días de acampada.
Siete de los 14 días que estuvimos en tierras africanas acampamos en ruta (seis de ellos en dunas); tres dormimos en campings y los otros cuatro en hoteles, dos de ellos en Túnez y los otros dos en Libia.
El país no ha sido aún “tomado” por el turismo. Los libios (sobre todo los tuaregs, en la zona sur) se muestran en general sorprendidos ante la llegada de grupos de coches de 4x4 a sus aldeas. Algunos de ellos han empezado a fabricar en bloque objetos de artesanía, bisutería o algunos souvernirs que venden a los turistas a precios, la mayoría de las veces, bastante altos.
El “regateo” en Libia no es tan frecuente ni tan sencillo como en Marruecos.
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