En general en el desierto libio las bajadas y subidas de las dunas se entremezclan con lagos secos de arena.

Es una delicia escarbar en la tierra y que aparezca casi en la superficie alguna de estas “joyas” del pasado. Tras contemplarlas, lo mejor es devolverlas a donde estaban pues, como dije anteriormente, las autoridades libias vigilan y castigan el “saqueo” de piezas y restos arqueológicos.

De los tres desiertos que atravesamos en nuestro viaje, sorprenden los colores de su arena, que cambian con la luz del sol; sorprende la variedad del paisaje, la cresta de las dunas, que asemeja las olas del mar embravecido; sorprenden las bajadas y subidas bruscas de temperatura (de día unos 35 grados y de noche, alrededor de 8); emociona la inmensidad del paisaje, donde todo es minúsculo en medio de una grandiosidad que se prolonga más allá de donde alcanza la vista, pero sobre todo, sorprenden sus noches, en las que es una delicia contemplar el cielo, la luna, las estrellas fugaces que pasan a decenas sobre nuestras cabezas, las constelaciones y la vía láctea, que se observa perfectamente en toda su extensión.
La infraestructura hotelera en Libia es más bien escasa. Tan solo en el norte existen algunos hoteles y los de mejor categoría prácticamente se reducen a la zona de Trípoli, la capital. El resto del país es prácticamente un páramo.
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