Es difícil imaginar Lisboa sin su aroma a café, los funiculares y los tranvías, los bellos azulejos que visten algunas fachadas art-déco, los restaurantes decimonónicos, la melodía del fado y las farolas.
Todo esto imprime un cierto aire decadente que da rienda suelta a la melancolía y la ensoñación. Su tamaño –su distrito no supera el millón de personas- la hace asequible, al alcance de los sentidos.

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