Después de varios días recorriéndola, éstos estaban tan impactados por sus paisajes como por las barbaridades que veíamos en los pueblos. Yo trataba de explicarles las razones, pero no me era sencillo.

Al final, pude hacerlo un día cuando, al descubrir en uno de aquellos un edificio de nueva planta tan feo como ostentoso, que, además, nada tenía que ver, ni arquitectónica ni constructivamente, con el resto de las casas, mis amigos catalanes exclamaron:
-¡Qué barbaridad!. ¿Pero el Ayuntamiento como consiente esto?.
A lo que yo no tuve otro remedio que contestarles:
Es que esto es el Ayuntamiento.
Evidentemente, mis amigos catalanes ya no volvieron a decir nada.
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