
La afirmación de Moncho Armendáriz, que compartimos, incide en una cuestión que se viene produciendo hace ya tiempo, pero que, desgraciadamente, nadie hace nada por evitar: el destrozo paisajístico, arquitectónico y urbanístico de la mayor parte de nuestros pueblos. Un destrozo general, común al de las ciudades, pero que, en el caso de aquellos, es mucho más inclemente en tanto que los pueblos ni siquiera cuentan con la protección de ciertos cascos históricos o de determinados núcleos urbanos.
En una época, como ésta, de desprecio y negación de lo rural, con nuestros pueblos deshabitándose a pasos agigantados y con los emigrantes convirtiéndolos, de vuelta, en escaparates de su progreso económico y social, ¿a quién le puede importar lo que unos y otros hagan con ellos?.
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