Normalmente, se tiende a dar a esto una explicación simplista, de carácter meramente cultural (el bajo nivel que hay), cuando de lo que se trata, al fin, es de un problema político. Pues, si es cierto que el dinero es el culpable de lo que está pasando con nuestros pueblos (por haber llegado antes que el buen gusto), también es cierto que las autoridades tienen una responsabilidad final en el control de las construcciones.

Pero, desgraciadamente, éste brilla por su ausencia. Al contrario, a veces es la administración la primera en destrozar los pueblos, lo cual es mucho más grave. Porque el problema no es tanto que un emigrante sin más cultura que la que tenga en el Banco quiera hacer de la casa de labranza de sus padres una mansión a la americana o que un recién llegado de la ciudad pretenda hacer en un pueblo un obelisco a sus méritos, sino que haya arquitectos que les firmen sus proyectos y que las autoridades competentes en el tema (Diputación y Ayuntamientos) les dejen hacer a ambos.
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