
Esta vía unía a la Galia con la Germania. Ella, y el propio cauce del río, vía también de comunicación, hicieron confluir allí una serie de intereses comerciales y estratégicos.
A medida que la presión bárbara se hizo notar, el lugar hubo de ser fortificado. En el siglo III se hicieron sus primitivas murallas.
Al abrigo de las murallas se ubicó el obispado cristiano. San Servacio fundo una comunidad cristiana y tras su muerte, en el 384, se enterró junto a la ruta romana, donde pronto se erigió una iglesia dedicada a él.
Poco después de estos hechos, Roma dejó el territorio en poder de los francos. Hacia el año 700, la sede episcopal se trasladó a Lieja.
Pero sería en el entorno final del siglo VIII, cuando Carlomagno gobernaba desde Aquisgrán otro momento floreciente, en el que la urbe y la iglesia de San Servacio recibieron apoyos y riqueza.

Pasó Maastricht por varias alternativas políticas, dependiendo de los duques de Brabante, el príncipe obispo de Lieja, etc. En el siglo XIII tuvo un excelente periodo de progreso, que se plasmó en templos, muros y puente.
Con diversas alternativas –incluso dramáticos momentos bajo el dominio español- siguió creciendo la urbe alternando momentos propicios con otros difíciles, como el de 1794 cuando cayó en poder de los revolucionarios franceses. No cesarían los problemas hasta bien entrado el XIX, cuando esta parte de Limburgo se unió a Holanda.
Conoció posteriormente un periodo de industrialización y crecimiento, favorecido por su ubicación en un cruce que permite el acceso a Bélgica, Holanda y Alemania. Todo ello obligó a demoler buena parte de sus estructuras defensivas en el final del XIX.
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