
En primer lugar los jardines, al fondo el río; más allá la Casa de Campo, antaño propiedad real, enlazando con un paisaje verdeante que se acerca a la Sierra.
Los monarcas podían ver desde allí incluso –en las jornadas más claras- el monasterio del Escorial, también dependencia regia, gozando a la par del paisaje y de su opulencia.

Pero en la Plaza hay que detenerse también para contemplar la arquitectura del edificio, armónica y simétrica, con su ritmo de columnas y pilastras y la bella cornisa coronada por una elegante balaustrada de piedra blanca, sobre la que destacan las estatuas de antiguos monarcas.
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