La torres semiderruídas, los viejos monumentos penando por la falta de recursos para mantenerlos en pie, traen a la mente los versos de Rodrigo Caro:
“Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa...”

Pero estos, Fabio, no son las ruinas de la Itálica famosa, sino despojos de la gloria de Castilla, de una Castilla venida a menos, incapaz para mantener la vida que un día fluyó por ella, incapaz de gritar contra la injusticia de su abandono, incapaz de reclamar una deuda histórica impagada... impagable.
Esta tierra interior fue antaño exportadora de trigos, reyes y reinas; cuna de eruditos, literatos y capitanes, solar de inquisidores, comuneros y defensores de indios. Pero hoy es poco más que nada. Nada y ruinas. Porque en esta comunidad, la más envejecida de España (más de un millón de jubilados y poco más de 200.000 personas de menos de 15 años), el único grito de protesta surge de los muros caídos de los viejos monasterios, de las murallas hundidas y de los agonizantes edificios palaciegos.
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