
Tardó mucho la patata en ser aceptada sin reserva por los habitantes del valle del Duero. Venía precedida por la mala fama de los vegetales que se esconden bajo tierra y que causan mucha desazón a los agricultores de las tierras de pan llevar.
En efecto, los habitantes de páramos y mesetas sospechaban que el tubérculo bien podría ser portador de toda clase de enfermedades. Además, las excelentes legumbres de la tierra no podían ser sustituidas sin dolor por el producto advenedizo.
Pero al fin la adaptación de la patata en las riberas de la cuenca norte del Duero, en Asturias y en Galicia produjo pronto esa mancha indeleble que ahora llaman la dieta atlántica. Se trata, en efecto, de la base ideal para el transporte de sabores primigenios, desde la pocilga, el monte o el mar, hasta el paladar más exquisito. He aquí el uso provisional del tubérculo, en el patrimonio culinario más apreciado:
Cachelada.
Patata con congrio y almejas
Repollo con cachelos
Potaje de liebre y tordo
Patatas con bacalao
Quede aquí constancia de una receta de especial reciedumbre, que encuentra en las estribaciones de las sierras zamoranas su máximo esplendor. Esta es la fórmula de mi amigo Ismael Díaz Yubero, cuyo libro Sabores de España pone de manifiesto la sabiduría que él tiene de las buenas ollas:
Patatas con cordero:
Se preparan con laurel, ajo cebolla, perejil, una chispa de pimentón - picante al gusto - y pimiento verde. La patata ha de ser compacta, firme, poco harinosa, preferentemente de la variedad jaerla que se da muy bien en estas tierras.
Se añaden los tubérculos cortados, cuando la carne, troceada previamente, este rehogada y cvasi hecha, con un poco de aceite, cebolla y laurel; adicionando el pimentón al final de la cocción.
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