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Caravana de dromedarios

Al anochecer, las dunas no tienen un color definido, sino que van cambiando las tonalidades entre el rojo y el amarillo, dependiendo de la cantidad de luz que les llegue.
Esto hace que el paisaje tome vida y el espectáculo visual se presenta en todo su esplendor, recompensando el esfuerzo realizado en el camino.

Curiosamente, al pie de las dunas podemos encontrar un lago bastante grande, formado por las lluvias y que no se llega a secar en todo el año, siempre y cuando no nos encontremos en un periodo de sequía. Al preguntar a los nómadas bereber que nos acompañaban acerca del lago y la razón de la existencia de tanta agua en un desierto, nos dijeron que en Merzuga sólo hay que hacer un agujero de unos metros para encontrar agua y que no es raro que en las partes que tienen poca altura se pueda detectar algo de humedad en la arena.

Caravana de dromedarios portando turistas viajeros. Fotografía de guiarte.com

El viaje en los dromedarios no es cómodo, pero se hace con mucha calma y permite ir cambiando de postura para no entumecer nuestros desacostumbrados músculos y articulaciones. Mientras viajábamos nos dio tiempo a aprender la única canción que sabían cantar en español los bereber, que dice que Merzuga no es la playa, que allí sólo hay arena y las estrellas. De verdad que tienen razón y lo podemos comprobar a medida que el astro rey abandonaba definitivamente el desierto en una bella puesta de sol, dejando paso a las estrellas de la canción.

La caravana circula al paso del guía bereber, que va delante guiándolos por el camino correcto. Se crea al atar con una cuerda las colas de los dromedarios a la cabeza del animal que ha de marchar detrás, haciendo una fila de uno. Los dromedarios más perezosos llevan una argolla en la nariz donde atan la cuerda que le une con el animal de delante. Como la sujeción de la cuerda en la nariz resulta para los dromedarios muy delicada, se esfuerzan más para no rezagarse. Por desgracia para uno de los camélidos, tuvimos la ocasión de comprobar como su argolla saltó debido a la presión de un tirón de la cuerda y el animal acabó regando la homogénea arena del desierto con la sangre que brotaba de la nariz rota, en medio de lastimeros gruñidos.

Después de un examen más detallado de las narices de otros dromedarios, pudimos observar que casi todos los animales habían vivido en algún momento esa escena, tan desagradable, en sus propias carnes.

     

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