Para empezar, es extremadamente recomendable subirse a una duna. En Merzuga hay una conocida como la gran duna, desde donde se puede otear un amplio paisaje. A un lado el pueblo de Merzuga, junto con el lago y numerosos y dispersos albergues. Al otro, arena y más arena, y en el horizonte, Argelia.

Ascender por la duna puede convertirse en un duro trabajo, pues la arena suelta no facilita la sujeción del pié, pero merece la pena el esfuerzo. Bajar resulta extremadamente fácil y rápido.
Lo mejor para bajar es contar con una tabla de snowboard o unos esquís con los que deslizarnos duna abajo. Precisamente esta es una de las actividades más divertidas y sorprendentes que se puede hacer en el desierto. Además, no es necesario que transportemos hasta Merzuga nuestro equipo de nieve, pues en los albergues al pie de la duna disponen en muchas ocasiones de todo lo que necesitamos y no dudarán en atarlo a nuestro dromedario para que podamos utilizarlo en el desierto, si lo solicitamos.
Durante la mañana y el desayuno pudimos disfrutar nuevamente de la compañía de la familia bereber que nos ofreció su jaima para dormir. Para un europeo el paisaje es tan yermo que es inevitable realizarse algunas preguntas como de qué vivían las familias nómadas antes de que el turismo llegase al lugar, o cómo será un mundo en el que sólo hay arena por todas partes, tal como lo ve un niño que no haya salido del desierto. Pero claro ellos no piensan así.
Nuevamente recibimos una lección sobre cómo tocar el tambor, pero esta vez de manos del hijo mayor de los nómadas que nos dieron cobijo.
Cuentaviajes de Merzuga: arena y estrellas |
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