Allí se proyecta un documental, se reparten folletos informativos y se pueden ver maquetas que explican las singularidades técnicas del proyecto. También se señalan siete lugares desde los que el viaducto puede ser fotografiado y contemplado. Lo cierto es que se trata de una obra descomunal que no cabe en la pantalla de una máquina fotográfica a menos que nos alejemos considerablemente de la vertical del puente.
Otra cosa es el efecto paisajístico sobre la ciudad de Millau. Probablemente en muchos otros países veríamos pancartas y pintadas de grupos opuestos a tamaño puente en las proximidades de un centro urbano. Pero en Millau parecen haber aceptado no sólo con resignación, sino incluso con orgullo, una obra singular que ha proporcionado popularidad y visitantes. Ahora es difícil fotografiar Millau sin que aparezca el viaducto, pero ese no parece ser un inconveniente. Incluso se han construido carreteras hasta lugares elevados para que los nuevos turistas de infraestructuras puedan fotografiar cómodamente el puente enlazando ambas riberas del río Tarn.
La contemplación del viaducto supone un estímulo patriótico para muchos franceses, que destacan la capacidad tecnológica y económica del país, y en cualquier caso es motivo de admiración para cualquier visitante, sobre todo por la ligereza de líneas de una infraestructura que no es en absoluto pesada. Sin duda se han conjugado la visión artística de Norman Foster, la capacidad técnica de los ingenieros franceses y la decisión de una empresa que no ha olvidado que la ciencia, el arte y el negocio no están reñidos, sino que son complementarios: bueno, bonito y barato.
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