En los otoños, algunos rincones se tornan especialmente bellos, con los rojizos de las cornicabras o los ocres de los rebollos. Durante los inviernos puede caer alguna nevada. La primavera es bellísima, con una eclosión de verdor salpicado de amarillos de retama, azules de las lavandas y rojos de amapolas. El verano amarillea la raña (llanura herbácea) en la que pastan los ciervos y corzos.

...Y al final de septiembre, ya no es el color quien domina el paisaje, sino la multitudinaria llamada de celo de los ciervos machos, que congregan a sus harenes con sus roncas voces, que resuenan en eco por todos los rincones. Es “la berrea”, el atronador concierto amoroso que se escucha por doquier.
Desde el 15 de septiembre al 30 de octubre es la mejor época para ver a los ciervos. Los machos dominantes abandonan sus recónditos cuarteles y se dirigen a los territorios donde pastan las hembras, a las que intentan retener cerca. Entonces, los grandes ciervos se exhiben en la llanura y pelean contra aquellos que quieren penetrar en su territorio, cuya propiedad reclama llenando el espacio montuoso con sus bramidos.
Ecos de lucha, drama y orgullo pueblan las noches y los amaneceres. Suena la voz salvaje una y otra vez, entremezclada con otras muchas, y el espectador se siente empequeñecido ante la belleza de la raña y el concierto atronador de las llamadas.
A medida que llega el invierno los machos se van retirando y se hacen esquivos en sus recónditos territorios. En la primavera pierden la cuerna que utilizaron para presumir su orgullo entre la manada de hembras o para pelear contra sus competidores. Entonces, los días de la gestación, la hembra también se hace difícil de ver.
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