
Esto tiene una lógica: en el medievo la liturgia se hacía toda en latín, un idioma que ya era lejano para la generalidad de los fieles, y el arte –sobre todo a partir del románico- se utilizó para salvar la incomunicación clero-pueblo.
Elementos como los altares, capiteles o portadas se llenaron de representaciones de que rememoraban la historia de Cristo y la salvación de las almas. El arte se transformó en elemento iconográfico para educar religiosamente al individuo.

Tampoco faltaba la estrella-guía, una referencia mágica para el campesino que escrutaba el cielo, misterioso y –entonces- incontaminado. El hombre de aquella Edad Oscura integraba así las ideas de Dios y la de su miserable existencia, ambas presididas por las estrellas.
“reyes que venís por ellas,
no busqueis estrellas ya;
porque donde el sol está,
no tienen luz las estrellas”
Así rezaba un verso posterior, de Lope de Vega, donde se realza ese sentido misterioso de lo “astronómico” en el portal de Belén.
Cuentaviajes de Belenes y arte, en Navidad |
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