
No vale la pena admirar la belleza romántica de nuestras humildes ruinas. De ellas no cabe extraer grandes lecciones constructivas, como las que tomó Schinkel de los restos romanos de Italia, ni apenas inspiración para crear leyendas o pinturas románticas como harían los hermanos Bécquer en Veruela. Nuestra tierra es sencilla y pobre y el mayor poeta que ha dado, Eugenio de Nora, no necesitó, para encontrar su alma otra cosa que al agua clara, los juncos, el cielo azul y la humedad del rocío.
El paisaje cepedano carece de altivez, como sus gentes, y sus oteros están poblados de ausencias. En lo alto del cueto de San Bartolo falta el monasterio de los hospitalarios de San Juan; no tenemos ni un grabado del mismo; sólo ruinas. Al sur de Quintana del Castillo nos dicen que hubo un castillo, solo queda un pozo encima de un roquedo, atestiguando que alguien dejó allí su huella; en los montes están desapareciendo a velocidad vertiginosa las canalizaciones romanas para extraer el oro... y ante nuestros ojos caen casas solariegas e iglesias seculares.
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