A los habitantes de las repúblicas bálticas les pasa lo mismo que a sus tranvías. Hoy son furibundos nacionalistas, fervientes europeos, aunque las reminiscencias comunistas siguen aflorando tan pronto como se rasca la superficial capa de pintura capitalista.

¿Cómo es posible que las ciudades bálticas estén llenas de coches de lujo y vacías de utilitarios? ¿Por qué la gente sobrevive gracias a tener tres empleos? Seguramente porque las empresas hacen como que pagan, y los empleados hacen como que trabajan. La corrupción, las mafias (algunas transferidas a España), la nomenklatura, siguen mandando a orillas del Báltico.

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