
La Plaza del Castillo es el centro histórico y símbolo de la ciudad. Hemingway, por ejemplo, la eligió para escribir Fiesta mientras se atiborraba de wisky sentado en la terraza del hotel La Perla. Desde ahí, precisamente, uno puede adentrarse por las decenas de callejuelas del casco viejo pamplonés. Nos encontraremos de todo: lo mismo una discreta tienda de ultramarinos de las de antes que una moderna tienda de ropa cara.
Ahora bien, el atractivo principal lo encontraremos en los sabrosos pinchos de las tabernas y los ruidosos bares, donde ofrecen mucha variedad y una calidad más que aceptable. Merece la pena recorrer la calle Estafeta o la de San Nicolás, antes de comer, y abrir bocado con una tapa de chistorra o de pimientos del piquillo con bacalao.
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